lunes, 5 de febrero de 2018

LA MIRADA PERDIDA de Alejandro López Pomares

La editorial Celesta edita la opera prima de Alejandro López Pomares


MI NOVELA DE TRAMA FRGAMENTADA, O MÁS TODAVÍA, DILUIDA, PERSIGUE DESESPERADAMENTE LA IMPLICACIÓN DEL LECTOR EN LA CREACIÓN DE LA OBRA




La madrileña editorial Celesta ha publicado en su colección letra Alef  La mirada perdida, opera prima de Alejandro López Pomares (Orihuela, 1983), novela hermosa y arriesgada por su complejidad estructural y la ausencia de un argumento definido, sujeta a una multiplicidad de contextos y personajes que se cruzan y al uso de planos superpuestos y yuxtapuestos en texturas poéticas fragmentadas. Se hace difícil (diría imposible) apreciar esta novela si se trata de leerla como un texto lineal con su presentación, nudo y desenlace. No tiene nada que ver con las novelas más premiadas y reconocidas que exploran el terreno del realismo más estricto, la temática histórica o el paisaje fantástico próximo al boom del realismo mágico.

La mirada perdida es una nouvelle de poco más de cien páginas vinculada a la narrativa vanguardista. La deflagración de la estructura novelística no es un recurso nuevo. El uso del perspectivismo a través de soliloquios, flujos de conciencia, digresiones, diversos planos narrativos y de tramas, atemporalidad ficcional, etc., causará estupor y hasta rechazo en el novelista convencional o en el mero lector aficionado a la narrativa de ficción; pero no le resultará extraño a quien esté iniciado en la mecánica de la narración experimental. La mirada perdida está próxima a la escritura intrincada y especular de Borges y a la narrativa lírica y preconsciente de Las olas, de Virginia Woolf, y es igualmente cercana a la innovación cortazariana de Rayuela o El libro de Manuel, a la escritura introspectiva y metalingüística del Nouveau Roman (Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simón, Michel Butor, etc,), al fragmentarismo lírico de Agustín Fernández Mallo, al experimentalismo radical de Thomas Pynchon y al lenguaje cinematográfico onírico de David Lynch, o el de las tramas paralelas de Paul Thomas Anderson. Entronca asimismo con las características del constructivismo: dejar abierto el texto para que el lector lo rescriba con sus interpretaciones, ya que el argumento como tal no existe. El protagonista sería el discurso mismo. En este caso la lectura es una actividad constructiva compleja que se realiza al mismo tiempo en diferentes niveles de captación y percepción.

            El pasado jueves 1 de febrero el autor y quien esto escribe, presentamos La mirada perdida en la librería Códex de Orihuela. Con la intención de reproducir lo que ambos dijimos en el acto de presentación nace esta entrevista.

Alejandro, has escrito una primera novela arriesgada y difícil de explicar a quien quiera saber de qué trata. Una lectura poco atenta de tu libro puede hacer creer al lector que hay dos historias inconexas: la primera una serie de fragmentos escritos en tercera persona protagonizados por personajes misteriosos, arquetípicos, que carecen de nombre propio (el hombre, la mujer, el niño, el anciano…) y la segunda unas memorias narradas en primea persona: pero si leemos con atención descubrimos que hay pasadizos ocultos que conectan una y otra. ¿Cuál es el argumento de la novela? ¿Incluye algún misterio o razón oculta?

La mirada perdida es una novela de trama fragmentada, o más todavía, diluida, que persigue desesperadamente la implicación del lector en la creación de la obra. Es una necesidad que se hace patente ante la ausencia aparente de referentes a lo largo de los capítulos. Los personajes viven su propio tiempo quedando ligados a las sensaciones y al recuerdo, por el cruce entre sus vidas, por el esplendor del instante. Reescribiendo así los espacios en blanco que, incluso, ellos mismos tienen.
Un anciano en su mecedora, un niño huyendo de sus miedos, la sorpresa, una chica y su mirada, un hombre autoexculpado, una mujer y el abandono de recorrer diariamente sus propios pasos. El paisaje. Y más allá el lenguaje, la estética, los sonidos y el silencio, la nostalgia en la piel, la rabia contenida, la soledad, el pulso de la lírica y una percepción del tiempo que nos rodea y nos devuelve antiguas miradas a los ojos. Los nervios anclados a la tierra, el agua como símbolo, un banco en el que todo se detiene, y un recuerdo que proviene de otro recuerdo y que, en cierto modo, ha perdido su origen, pero que todavía nos permite soportar este ritmo frenético que discurre por encima y nos diluye.
Dos espacios, una laguna y una ciudad, allá a lo lejos, a la que siempre volvemos y entonces invade nuestros costados y nos hace lo que somos y deshace lo que dejamos de ser. La mirada perdida es todo esto, y todo aquello, y un libro apoyado en la repisa con páginas en blanco que todavía está por escribir. Una trama fragmentada, más que eso, líquida, que persigue deliberadamente la implicación del lector, desbordado, en la creación de la obra.
Toda la obra en realidad forma una extensa red de caminos difusos, ambiguos o, incluso, líquidos, he dicho antes, que sujetan con hilos muy finos todos los elementos, cada fragmento. Con mucha atención se accede a una siguiente capa de profundidad donde la trama se evidencia en cierta medida y nos vela razones para acompañar a los personajes y sentirlos más cercanos.

¿Calificarías tu novela como un conjunto de poemas en prosa? En mi opinión, la lógica de la poesía se siente en cada una de las páginas del libro a través de recursos como la metáfora, la imagen, la sinestesia, el oxímoron… ¿Puede haber influido en la concepción de la tu novela el hecho de que también escribas poesía? Creo que hay en tu narrativa y en tu escritura poética un discurso lírico muy coherente.

El lenguaje es a la vez vehículo de la experiencia y delator de la misma. La concepción de la vida se encuentra en lo que puedo decir de ella. Si quisiera haber contado unos hechos habría bastado con el uso de las palabras en su faceta más descriptiva, pero las sensaciones, que permanecen por los siglos indefinidas, requieren del lenguaje creativo y poético.

Me ha llamado mucho la atención el uso que haces del tiempo: un tiempo sincrónico,    acrónico y paracrónico. No hay nada más que leer el título de cada una de las partes en que se divide la novela. En mi opinión está presente la filosofía de Bergson sobre el tiempo y los descubrimientos de la Teoría de la relatividad y la física cuántica. Por tanto, experimentas unas veces desde la atemporalidad, o desde la simultaneidad temporal y otras contemplando el tiempo como un bucle o laberinto, de manera que no hay distinción entre certidumbre e incertidumbre. 

"El tiempo es, de los inventos del hombre, el que más daño le ha hecho", se dice en un momento concreto de la novela. Es decir, creer que hemos descubierto el misterio de la vida controlando el paso de los segundos, no es tan diferente a pensar que por esconder la basura debajo de la alfombra todo está más limpio. Seguimos dando a la casualidad ese papel tan relegado y, entonces, la incertidumbre nos sigue pesando tanto, y la nostalgia y el pasado nos piden paso continuamente, y el presente se ahoga.

Hay una alternancia del espacio natural y el escenario urbano, un tanto espectral. Aunque la naturaleza está mucho más presente. Por otra parte, hay un amplio contenido sensorial y destaca especialmente una mirada atenta, escrutadora. ¿Tiene que ver la presencia de la naturaleza y la agudeza visual con tus estudios (eres licenciado en Biología por la Universidad de Alicante y en Antropología social y Cultural por la UNED) y por tu afición a la fotografía? De hecho, la sugerente imagen de la portada del libro es de tu autoría. Por otra parte, eres un lector curioso y voraz que abarca, además de la literatura otras ramas de las artes y del saber.

Los primeros textos de la novela fueron escritos en un periodo en el que realizaba estudios de investigación en humedales de la provincia de Alicante. Lagunas inmensas que albergaban poblaciones de miles de aves. Con el tiempo tocaría otros temas como el conocimiento tradicional en las poblaciones rurales y la percepción del paisaje, que también tendrían su influencia. Pero antes, durante meses tuve que mostrarme a las 5 de la mañana, previo al amanecer, ante aquel escenario tan sobrecogedor. En cuestión de minutos se abría la mañana acompañada por el estruendo del graznido multitudinario. Pero no fue tal experiencia, sino la espera previa, la tensión del silencio, largo y extraño, la que me abrió una brecha. Y la mirada, la de ese ánade que se queda ante tus ojos y te hace sentir que estás viendo algo muy antiguo, algo que lleva repitiéndose miles o millones de años. Y entonces tú eres tan pequeño. No sé, esa sensación de extrañamiento, de "choque cultural" tiene algo de pulso interno, de renovación. Y entonces me vi forzado a escribir, a escribir lo que sentía. Pero de algún modo, me llevó a experimentar con distintas voces, es decir, tomar esas sensaciones desde la piel de un niño, de un anciano, de una mujer. Lo que no sabía es que estaba construyendo una novela.
Pasados unos meses lo releí todo seguido, y aunque al principio no eran más que relatos dispersos e independientes, los fui vinculando, y ella misma me fue revelando la conexión profunda que existía entre todas las partes. Se fue tejiendo y recolocando y evidenciando de forma, digamos, natural. Respeté la estructura original, pero entonces desplegué sobre el texto referencias e imágenes veladas bajo el ruido de las palabras, y una teoría en torno a la ambigüedad, a la acumulación de confusión por exceso de imágenes, por desborde, y la preeminencia de la percepción de las sensaciones a la comprensión del hilo argumental.

Por último, cuéntanos en que proyectos literarios estrás trabajando.

Bueno, pues actualmente tengo otras dos obras concluidas. Un poemario en el que de algún modo penetro en mi alter ego tratando de recorrer el camino titubeante que abre la duda; y una obra teatral, breve, de tinte experimental que desarrolla el drama mediante la sucesión de acciones, diálogos fallidos, y silencios sometidos al paso del tempo.
Aparte de estos proyectos, estoy trabajando en un libro de textos en prosa poética que abarca ya varias etapas de producción y debo de ir dando forma definitiva;  y estoy también completando el guión de una adaptación cinematográfica de La mirada perdida, bajo la envuelta de un complejo proyecto musical, en colaboración con el músico Daniel Bascuñana García, intentando sobre todo respetar la esencia e incertidumbre propias de la novela y persiguiendo, una vez más, la implicación del "espectador" en la creación de la obra.



José Luis Zerón Huguet

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