jueves, 5 de octubre de 2017

LA ARMONÍA DE LOS CONTRARIOS


LA ARMONÍA DE LOS CONTRARIOS


He terminado la lectura de La música invisible. En busca de la armonía de las esferas, del musicólogo italiano afincado en España Stefano Russomanno. Me ha encantado. No es un ensayo académico dirigido a otros especialistas ni un texto ligero de divulgación, sino un libro culto, denso, inteligente, elegante, distendido, sin asomo de pedantería, escrito con un estilo poético amable y bellísimo y unos recursos íntimos muy pertinentes (todos los capítulos empiezan con un párrafo autobiográfico). En el campo de la musicología solo conozco a un autor capaz de seducir con un sólido nivel literario a muchos lectores, incluso a los no aficionados a la música, me refiero al célebre crítico musical estadounidense Alex Ross. Pero diría que Russomanno (a mí ya me cautivó con sus críticas musicales en el suplemento ABC Cultural), va aún más allá en La música invisible. Su amplitud de miras abarca territorios enigmáticos relacionados con la metafísica, la mística, la numerología, la cosmología, y le permite adentrarse con solvencia en el campo de la filosofía, la literatura, las artes plásticas, la historia y la ciencia. En el párrafo final del preludio, escribe el autor: “Esta música invisible, cosida en el reverso de la música que oímos, no envuelve solo los planetas, las estrellas y el cielo, sino todo lo existente, incluido nosotros. El presente libro es en buena medida el relato de las escuchas, las lecturas y las experiencias que me han puesto sobre la pista de la música invisible”.


Leyendo este libro no solo he disfrutado de la calidad de su prosa y la variedad de temas que abarca, además he aprendido mucho. Nunca imaginé que el orden armónico del universo hace que algunas piedras “canten”, como quiso demostrar el etnomusicólogo Marius Schneider en sus estudios sobre los capiteles de Sant Cugat. En el capítulo Cantan las piedras”. Russomanno nos narra la experiencia sobrecogedora llevada a cabo en 1946 por el heterodoxo Schneider, que mediante un complejo sistema de asociaciones fue capaz de reconocer tras las figuras esculpidas en las 72 columnas del claustro de San Cugat el himno a San Cucufate. El autor de este libro trae a colación en el capítulo “La música secreta del Duque” un hecho para mí desconocido, el Concerto delle donne, un grupo vocal exclusivamente femenino en la Ferrara del siglo XVI, cuyas maravillosas voces solo podían disfrutar sus mecenas permaneciendo ocultas para el resto de la humanidad. He descubierto en el capítulo “Músicas para la eternidad” la pieza de Erik Satie Vexations, una sola melodía con la que cualquier oyente voluntarioso puede alcanzar un trance místico si la escucha las 840 veces (Russomanno casi lo consigue) que Satie indicaba al intérprete repetirla. Asimismo, he descubierto al compositor Francisco Guerrero (léase el capítulo “Siete guerreros”) y su fractalismo musical. Precisamente Stefano Russomanno se interesó por la obra de este compositor español casi secreto fallecido en 1997 cuando encontró una partitura suya en la biblioteca del conservatorio de Milán. Este descubrimiento le cambió la vida, pues viajó a España en 1966 y se encontró con Guerrero. Un año más tarde el musicólogo italiano se afincaba definitivamente en Madrid.  En “Voces del agua” he tenido noticia del inclasificable compositor Poul Rasal Skovgaard, técnico de sonido danés que se dedica desde hace años a grabar la voz de los ríos de Escandinavia.  Gracias a este capítulo he comprendido mejor en qué consiste la micropolifonía de Ligeti. Y he sabido adentrándome en el capítulo “Diga veintitrés” que Alban Berg estaba obsesionado con los números, y que La suite lírica, una de las piezas que ocupan un lugar privilegiado en mi fonoteca, es en realidad un poema de amor oculto entre las notas musicales. Leyendo el capítulo “Los silencios de Sibelius y un tema que no aparece”, me he enterado que pocas sinfonías cuentan con un final tan sobrecogedor como la Quinta del compositor finlandés, que el comienzo del Concierto para violín es uno de los arranques más originales de la música sinfónica y que los silencios de Sibelius tienen algo único: “No son como los de Webern o Cage. Yo los calificaría de ‘nórdicos. Son silencios majestuosos, espaciosos; hay que saberse medir a ellos, hay que saberlos habitar. Sibelius debió de aprenderlos en sus paseos solitarios por los bosques que rodeaban su casa, Ainola, construida a orillas del lago Tuusulanjärvi, a 38 kilómetros de Helsinki”.
Russomano se interesa por lo metafísico, por las zonas invisibles de nuestro universo, se hace preguntas sobre los caprichos del azar y sobre un posible más allá inefable, reconocible solo a través de algunos músicos sublimes, como es el caso de Johann Sebastian Bach; pero también se interesa por lo intrascendente y lo matérico, por todo aquello que nadie le prestaría un valor estrictamente musical. El autor expresa su amor por la naturaleza y en especial por el canto de las ranas y los cetáceos (Lean cuatro de los más bellos e iluminadores capítulos de este libro: “En busca de las ninfas”, “Música selvática” “Ragas de la noche y de la mañana” y “Por qué cantan los pájaros”).
Y también se interesa por la pintura. En el capítulo “Otro concierto”, nuestro musicólogo demuestra sus conocimientos de arte y su minuciosa capacidad de observación enseñándonos a mirar con atención el cuadro Concierto campestre (atribuido a Giorgione, uno de los alumnos aventajados de Tiziano) y a “escuchar” la música que esconde la tela y que no llegaremos a descifrar por completo
Rusomanno es un musicólogo atípico pero escrupuloso a la hora de analizar con precisión quirúrgica las partituras que selecciona en este libro. Por ejemplo, en el capítulo ”El décimo tercer invitado”, el autor es capaz  de detectar durante la escucha de una grabación en vivo de La Novena de Mahler con Bernstein al frente de La Filarmónica de Berlín que los trombones no entraron en un momento determinado de la obra. Tan extremo grado de atención le llevó a percibir a Roussomano cómo alguien gritaba después de que un cuerpo hubiese caído al suelo. La obstinación por saber qué ocurrió de verdad durante ese concierto le llevó a una concienzuda y fructífera investigación.
Pero el leitmotiv de este libro es la anécdota que su autor elige como punto de partida, ya que le impresionó cuando la escuchó en su adolescencia: una inverosímil noticia sobre el hallazgo de un fragmento de la enigmática Ofrenda musical de Johann Sebastian Bach en los anillos del planeta Saturno por las sondas Voyager en los años 80; y a partir de ahí diseña su libro, con veintiún capítulos breves e inclasificables, entre el relato, la experiencia autobiográfica y el ensayo, precedidos por un preludio y finalizados con un posludio. Dos citas muy sugerentes encabezan el volumen: “La armonía invisible es más fuerte que la visible” (Heráclito). “El que ve solo notas no ve música” (Francisco Guerrero). Y todos estos capítulos remiten continuamente a la obra de Bach como un canon. De esta manera La Ofrenda musical, la más importante obra de la música para tecla de su época, le permite a Russomanno narrar con asombrosa pericia las circunstancias de composición de la partitura, fruto de un capricho del “rey flautista” Federico II de Prusia con el que pareció retar al compositor más venerado del momento en el arte de la fuga y el contrapunto.
En el capítulo “Otros conciertos” el autor nos explica que” el concepto griego de armonía no apuntaba tanto a una síntesis como a un contrapunto de fuerzas (…) El verbo harmozo del que procede el sustantivo armonía significa “enlazar”, “concertar”, “conectar”, “adaptar”, “unir”. La armonía, tal como la entendieron los griegos, era vinculación y ligazón de cosas dispares que encajan entre sí por encima de sus respectivas discrepancias”. Y en otro párrafo de ese mismo capítulo añade que “la armonía entre elementos dispares y concordantes es de corto alcance: cautiva fácilmente al espectador pero lo retiene en la superficie de las cosas. Cuanto menos visible e inmediata es la armonía tanto más intensos serán sus efectos, porque es entonces cuando cubre el total de la distancia existente de las cosas, es decir, su completa alteridad”. Y a esa búsqueda –con sus consecuentes hallazgos- de la armonía oculta y dispar de los griegos, Sstefano Russomanno se entrega con una mezcla de entusiasmo y mesura, de lirismo y rigor científico, de intensidad y sutileza.
En suma, este libro delicioso que comento supone un fascinante viaje iniciático por la historia de la música, especialmente de la música invisible, aquella que no es posible imaginar porque se oculta, aunque rige todo el universo y está sonando continuamente sin que la percibamos.

La música invisible. En busca de la armonía de las esferas. Stefano Russomanno. Fórcola. Madrid, 2017.


José Luis Zerón Huguet





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