sábado, 9 de septiembre de 2017

TRES ENTRADAS DEL DIARIO "A SALTO DE MATA"

TRES ENTRADAS DEL DIARIO 
A SALTO DE MATA
(Enero-julio 2017)


En la tele habla un científico acerca de los nuevos avances en biomecánica y biogenética y vaticina que el gran reto de la ciencia es alargar el máximo la esperanza de vida humana hasta alcanzar niveles cercanos a la inmortalidad. El autor del reportaje afirma que el nuevo hombre estaría liberado de las supersticiones del mundo espiritual y de las servidumbres de la objetividad. Algo parecido dice el profeta laico Nuval Noah Harari en su libro Homo deus.

            Este tipo de superhombres del futuro, sin conciencia individualista, ni vínculos emocionales, formado solamente por un tejido de algoritmos químicos, también sería un sujeto altamente obediente y controlable y, por tanto, estaría al servicio de las más siniestras utopías totalitarias.
            ¿Pero cómo sería posible la igualdad universal en un contexto semejante? Si llegáramos a ese punto, solo unos pocos serían los elegidos, a saber, los que constituyen la elite financiera, los más poderosos, los que tendrían la capacidad adquisitiva suficiente para someterse a costosos tratamientos. El resto de seres humanos se convertiría en una raza inferior, en un subgrupo numeroso de estigmatizados por la inutilidad social expuestos a la violencia, las enfermedades y otras calamidades, porque no creo que ninguno de estos científicos-profetas crea posible que a los miles de millones de seres humanos que pueblan la Tierra se les permitiera beneficiarse del privilegiado estado evolutivo que vaticinan.

Por otra parte, observo que este entusiasmo por vencer a las enfermedades, las fantasías, las emociones, el envejecimiento e incluso la muerte, podría constituir la nueva fe del futuro. Antes los sabios hablaban en el nombre de Dios. Ahora en el nombre del conocimiento: la ciencia, la tecnología, la economía y la política principalmente. Asimismo, resulta paradójico que en los tiempos en que la verdad ya no vale nada y, por tanto, pocos se atreven a hablar en su nombre, los nuevos científicos, mitad sabios, mitad profetas, hablen en términos de verdad absoluta cuando difunden sus teorías o especulaciones.


**********


Leo en El Cultural de El Mundo una interesante entrevista al historiador económico Gabriel Tortella en la que alerta que la superpoblación es el gran problema de nuestro tiempo y que la única solución pasa por educar a las mujeres para que tengan menos hijos. Y pone como ejemplo a China y la India, cuya población ha dejado de crecer, mientras que en África aumenta la superpoblación. Horas después escucho en la radio unas declaraciones del caraqueño José Luis Cordeiro, ingeniero experto en robótica y profesor de la Singularity University en las que apuesta por una fusión hombre máquina, asegurando que de esta manera la muerte se va a convertir en algo opcional en dos o tres décadas. Asegura que los ingenieros serán capaces de detener el proceso de envejecimiento e incluso seremos capaces de rejuvenecer y determinar la edad biológica óptima. O sea, nos viene a decir que es posible la inmortalidad.

Las dos perspectivas son ciertamente inquietantes. Tortella no es lo suficientemente pesimista como para dejar de creer en la sensatez de los seres humanos y no parece plantearse los peligros del transhumanismo. Cordeiro, arrogante en su optimismo, cree que la inteligencia artificial es motivo de celebración y no de preocupación, y asegura que esta sería más ética y superior, pero en ningún momento parece preocupado por un hecho insoslayable: si los seres humanos decidieran robotizarse para alcanzar la eterna juventud y no perdieran la capacidad de reproducción, suponiendo que fuera una decisión masiva porque la tecnología, tal como cree Cordeiro (muy discutible) se abaratara sin perder calidad de modo que estuviera al alcance de todos los bolsillos, en pocas décadas la inflación demográfica sería insostenible,
En fin, me quedo con las palabras de Salvador Pániker leídas anoche en su diario Adiós casi todo: “Vivir sin valores absolutos. En cuanto aparecen las palabras con mayúsculas, comienzan los crímenes”.


**********


Leo en Babelia (24-6-17) un acertado artículo de Muñoz Molina a propósito de la reciente edición de Vulgar lengua de Pier Paolo Pasolini (Ediciones El Salmón). Muñoz Molina nos recuerda la absoluta independencia del escritor y cineasta italiano, que no tuvo miedo a ser acusado de retrógrado y anticuado por no aceptar los papanatismos de la moda “y alzar en solitario su voz “para poner en duda lo que todo el mundo acataba, para denunciar la parte de devastación y de empobrecimiento espiritual que había en el capitalismo de consumo y en la omnipresencia de la televisión comercial. Era, para unos y otros, para sus adversarios de siempre y sus camaradas de otro tiempo, un retrógrado, una especie de profeta irritante, un defensor de causas no ya perdidas, sino obsoletas, más molesto aún porque ejercía su disidencia en los años deslumbrantes del milagro económico”.

            Y leyendo Este texto de Muñoz Molina y recordando a Pasolini pienso que necesitamos de hombres y mujeres valientes en este tiempo presente, aún más turbador, desconcertante y terrible que el que vivió el autor de Teorema. Necesitamos creadores, científicos e intelectuales que no teman enfrentarse a los abusos “milagrosos” de las nuevas tecnologías, que no duden en cuestionar la arrogancia de los ingenieros pagados por las multinacionales y los grupos de poder para vendernos las supuestas maravillas de un progreso implacable. Y aunque escasean estos grupos de disidencia a los que se les acusa de anticuados, insensatos, apocalípticos y, sobre todo, de necios y oscurantistas, bueno es saber que hay voces que en voz alta y clara refutan la nueva forma revolucionaria del capitalismo, llevada a cabo por élites que están fascinando a las masas, pero en especial a los más jóvenes, que para nada se cuestionan si el paisaje de la Red y otras “maravillas” tecnológicas son una amenaza o una suerte.

            Por ejemplo, el pensador indio Panjak Mishra, autor del recomendable ensayo La edad de la ira (Galaxia Gutenberg) dice en el suplemento de El País Babelia (6-5-17) “que es hora de abrazar el pensamiento apocalíptico” y añade que el futuro ya no es sinónimo de progreso (aunque nos vendan lo contrario) y que “ese es el cambio más dramático que estamos viviendo: la pérdida de la esperanza en un futuro mejor, que es lo que ha dado sentido a nuestras vidas desde el amanecer de la era moderna”.
            O el catedrático de Historia Europea y periodista Timothy Garton Ash, que acaba de publicar su ensayo Libertad de palabra. Diez principios para un mundo conectado (Tusquets). Garton Ash advierte que Internet potencia la libertad de expresión tanto como los males de la expresión ilimitada y mezcla verdades y mentiras. El autor también invita a un debate prácticamente inexistente sobre la realidad virtual y considera que estamos viviendo muy malos tiempos para la libertad de expresión. Él lo llama “una contrarrevolución antiliberal global”. Garton Ash reconoce que su libro “es una llamada al activismo cívico. Es una llamada a nosotros como ciudadanos para encarar estas amenazas. Facebook no tiene miedo del gobierno estadounidense. A lo que sí tiene miedo es a perder a los usuarios. Así que quien de verdad tiene el poder somos nosotros”. Para el autor representa un gran peligro que el estado y los “superpoderes” privados se unan Los datos que poseen Facebook y Google están a la par que la información que poseen los servicios de inteligencia estadounidenses y británico; de modo que el poder potencial de control sería aterrador si se juntaran. También alerta del peligro que conlleva el que los usuarios del mundo conectado cambien privacidad por un servicio, “pues la vigilancia es el negocio de Internet”, y sobre los vínculos profundos entre Internet y el populismo, como ha quedado demostrado, por ejemplo, con la elección de Trump o la victoria del Brexit.

            Otro disidente es Antonio Costa Gómez. En un extracto de su libro La inspiración (de próxima aparición en Corona Borealis) publicado en el número 43 de la revista Cultural Mito, sostiene “que la tecnología no da vida, porque la vida es inexplicable, es misterio y si explicamos algo lo reducimos, lo esquematizamos, pretendemos controlarlo, que sea como nosotros queremos, al explicar lago no dejamos que sea él mismo, que tenga su aseidad, su misterio, el misterio de la libertad, es dejar a las cosas existir más allá de nuestras explicaciones, es permitir que el mundo viva más allá de nuestro pensamiento…” y en su lúcido ataque al papanatismo tecnológico defiende la inspiración de la poesía. “La inspiración es el estado de gracia por excelencia, y es descubrirnos a nosotros mismos, en el secreto de la noche o de la vida, cuando el espíritu sopla, cuando sale lo más auténtico de nosotros, lo más incontenible, y ninguna máquina nos dará eso”.

            Otro ejemplo de hombre Valiente es Andrés Ibáñez. En su artículo “No quiero ser posthumano” (ABC Cultural 24-6-17) arremete contra, en mi opinión, la más turbadora de las corrientes de pensamiento tecnológico, que ya en 2002 el polítologo Francis Fukuyama consideraba la “idea más peligrosa del mundo”: el posthumanismo, que es la evolución radical del transhumanismo. Y los posthumanistas aseguran que su utopía no es una posibilidad, sino que será una realidad en pocos años: un ser humano de diseño biológico inmortal y eternamente joven. Ya Ibáñez advierte con razón que no hay nada verdaderamente innovador en esta vieja idea que pusieron de moda en los ochenta y en los noventa, el investigador en robótica Hans Moravec, la crítica literaria posmoderna Katherine Hayles, el físico Paul A. Tipler y el inventor Raymond Kuzswelll y popularizaron el género del ciberpunk y películas de cine como Blade Runner (1982) y Mátrix (1999). si bien surgieron dispersos elementos transhumanistas en diferentes obras de ficción científica, entre otras, R.U.R. (1927) pieza teatral del checo Karel Capek, Yo robot (1950) de Isaac Asimov; El fin de la infancia (1953), 2001; una Odisea del espacio (1968) de Arthur C. Clarke y Ciberíada (1967) de Stanislaw Lem.  Por otra parte, los anhelos posthumanistas de equiparar al hombre a un dios capaz de dar la vida y eliminar la muerte biológica se remontan a los mitos de la antigüedad: los titanes, Prometeo… a la Edad Media (la leyenda judía del Golem) y a los siglos XVIII y XIX: la obsesión por los autómatas mecánicos y la novela Frankestein el moderno Prometeo de Mary Shelley. De la misma manera que la Red de información creada por Internet con sus intrincadas conexiones podría ser la una burda satisfacción de la necesidad espiritual del ser humano por estar en sintonía con el todo, exigencia del todo imposible en términos absolutos, ya que, como asegura Salvador Pániker en Adiós a casi todo, libro que estoy leyendo con fruición “en nuestra condición de organismos activos en el mundo procesamos millones de bits de información por segundo, pero la amplitud de banda de nuestra conciencia sólo da cabida para unos pocos. O sea que solo una pequeñísima parte de la información que nos alcanza llega hasta a nuestra conciencia (de hecho si un ser humano permitiese que todas las señales que bombardean sus sentidos llegasen a su conciencia –como sucede un poco bajo la influencia de ciertas drogas- no podría sobrevivir)”.

            El caso es que Andrés Ibáñez se pregunta cómo podría producirse ese salto evolutivo. Y llega a la conclusión que “los poshumanistas suponen que todo lo que está mal en el ser humano presente se debe a algo así como una serie de ‘errores de programación’. Como para ellos los seres humanos no son más que máquinas bastaría con corregir esos errores. Reprogramar la máquina para que funcione bien. Pues sí, digamos que bastaría con corregir esos errores. El problema es que nadie sabe cuáles son esos errores, que los supuestos errores serán también nuestras mayores virtudes, que lo que para uno es un ‘error’ para otro será un acierto, etcétera. El verdadero problema es que los seres humanos no somos máquinas. ¿Por qué? Porque las máquinas sirven para algo y tienen un propósito, mientras que el propósito de los seres humanos nadie sabe cuál es”.

            Por último, otro personaje crítico con el imperialismo tecnológico que he descubierto días pasados es el filósofo francés Éric Sadin (recomiendo la entrevista que le hace Álex Vicente en Babelia (8-7-17), y su libro La humanidad aumentada. La administración digital del mundo (Caja negra 2017), que alerta sobre “la siliconización del mundo”. Sadin considera que estamos, pues, ante un ideal de civilización muy definido: el de una humanidad aumentada. Y el ideal de humanidad aumentada se basa en la noción de que Dios ha cometido un error con nosotros: nos ha hecho incompletos, inconclusos, insuficientes. La tecnología –mejor dicho, la propuesta técnico-económica de nuestro tiempo–, dice Sadin, ha venido milagrosamente a resolver entonces todos nuestros problemas. Este ideal civilizatorio proviene del ejercicio muy sutil y constante que han realizado desde hace años los medios de comunicación masivos, las empresas multinacionales y, también, los gobiernos en todas las regiones del mundo.

Según explica Sadin este modelo trata de pasar por humanista cuando lo que pretende es una deshumanización absoluta rebajando a los seres humanos a simples datos alojados en enormes bases electrónicas que son propiedad de empresas y organismos privados. 

Para el filósofo francés el nuevo modelo civilizatorio se basa en otro fenómeno mundialmente aceptado: la mercantilización de la vida. Nuestros datos, interacciones y modos de vida filtrados en todo momento por las superficies y plataformas técnicas solo tienen hoy un valor absolutamente comercial para satisfacer intereses privados.  Y se nos venden estos proyectos como discursos de salvación a través de los medios de comunicación cuando en realidad atentan contra el libre albedrío de los individuos.
Advierte Sadin que Las tecnologías llamadas “de lo exponencial”, según argumentan sus entusiastas defensores, nos van a liberar de nuestra pobre condición y conducirnos hacia una vida mejor. Pero detrás de esta idea luminosa se esconde el control y el dominio del tecnoliberalismo sobre nuestras vidas, o sea, la muerte de la política, que conllevaría la muerte del hombre, tal como proclamó Foucault.

Hoy, quien se muestra crítico con las nuevas tecnologías es considerado un reaccionario, alguien que se niega a aceptar su tiempo. Yo no soy contrario por sistema a los avances tecnológicos: Soy consciente de que algunos de estas novedades han servido para mejorar la calidad de vida, sobre todo con la resolución de enfermedades y problemáticas antes irresolubles o resolubles con menor eficacia. Reconozco que no me gustaría volver a escribir a máquina y que me facilita mucho el trabajo la posibilidad de consultar de manera inmediata en Google cualquier duda sin la necesidad de usar, como hace unos años, pesados diccionarios y enciclopedias. Al mismo tiempo admito que se ha facilitado la comunicación a larga distancia. Pero no es menos cierto que el exceso de información es un hecho nada beneficioso y que la mejora de las comunicaciones ha potenciado la banalidad, la frivolidad, la adicción al cotilleo y la pendencia, y también la propagación de nuevos delitos. Por eso yo no tengo cuenta de Facebook, ni twiter, ni wasap, ni instagram; solo correo electrónico. No obstante, las ventajas que proporcionan los nuevos medios de comunicación digitales son un hecho incontestable, e Internet ya es hoy el menor de los problemas tecnológicos, a pesar de la ausencia de un debate social sobre su buen uso, especialmente por parte de los niños y adolescentes. Para mí lo más preocupante de las nuevas tecnologías es la inteligencia artificial y el auge imparable del big data. Son estas tecnologías las que están influyendo de manera implacable en el poder de decisión humano. Han arrasado el concepto de sacralidad para fundar una nueva religión tecnoliberal, cuya catedral estaría en Silicon Valley. Y aunque su evangelio de sistemas tecnológicos nos venda un futuro paradisíaco, en realidad nos están robando no solo la esperanza; también nuestra capacidad para decidir nuestros sentimientos y nuestro derecho a contradecirnos y a cometer errores. ¿Qué políticos se atreven a profanar el templo de la inteligencia artificial limitándola? ¿Qué intelectuales, agentes culturales, o científicos influyentes cuestionan las bondades de la nueva revelación? Nadie le quiere poner el cascabel al gatazo tecnológico por miedo a no estar a la altura de los tiempos, lo que supondría una exclusión social.
Unos cuantos cerebros privilegiados al servicio de las élites financieras pretenden mercantilizar todas las esferas de la vida creando un superhombre con mente humana y cuerpo tecnológico. Esos individuos superdotados, en el colmo del cinismo, dicen ser humanistas pero lo que pretenden es domeñar la voluntad humana. Dicen estar diseñando un futuro inmediato amable, luminoso , acogedor, sin envejecimiento ni dolor,  mientras le dan la espalda a la realidad presente: continuos atentados contra el medio ambiente, afán de desarrollo indiscriminado y agotador, creación de grandes urbes y espacios industrializados de difícil armonización, emisión de gases que dañan la capa de ozono, ruidos insufribles, riesgo nuclear por guerra posible guerra o a causa de las decrépitas instalaciones, superpoblación  epidemias, hambrunas, violencia callejera, desplazados por la guerra, inmigrantes africanos que se dejan la vida  en el Mediterráneo in tentando pasar a Europa, terrorismo yihadista ,violencia machista… Cuánto bien harían estos visionarios codiciosos y quienes los mantienen si dejaran de jugar a ser dioses e intentaran frenar los males generales que a todos nos afectan y que podrían acabar con la vida en la Tierra en el siglo próximo, tal como ha vaticinado el científico Stephen Hawking.


José Luis Zerón Huguet



No hay comentarios:

Publicar un comentario