domingo, 9 de octubre de 2016

ARENAS MOVEDIZAS de Henning Mankell


ARENAS MOVEDIZAS
Henning Mankell
(Tusquest Editores, 2015)


Había oído hablar de Henning Mankell como uno de los grandes autores suecos conocido en todo el mundo por sus novelas policíacas, protagonizadas por el célebre inspector Kurt Wallander, pero no se me habría ocurrido leerle porque no soy un entusiasta de la literatura negra. Sin embargo, hace unas semanas, me encontré en la Biblioteca Fernando de Loazes de Orihuela con el libro de memorias Arenas movedizas (Tusquest, colección Andanzas, 2015) en el que Mankel relata cómo sus recuerdos le sirven como tabla de salvación para afrontar un cáncer que no pudo superar. Me llamó la atención el libro y lo saqué prestado. Ha sido una lectura conmovedora y edificante, de esas que no se olvidan.

Relata en este libro el escritor sueco que una mañana de invierno, camino del colegio, lo sorprendió “una certeza inesperada. Como una carga eléctrica: ‘Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo”. En medio de aquella epifanía identitaria  no podía imaginarse que muchos años después padecería esa enfermedad tabú de la que había oído hablar desde niño. Sería el 16 de diciembre de 2013, cuando después de sufrir un accidente en su coche el día de Navidad se despertó con lo que pensó era una tortícolis. En los días sucesivos el dolor se extendió de manera extraña. El 8 de enero de 2014, de una mañana fría y nevada, fue al hospital y tras unas radiografías le diagnosticaron un tumor canceroso en el pulmón izquierdo con metástasis en la nuca. Aterrorizado, creyó hundirse, que ya nada tenía sentido para él hasta que decidió afrontar la enfermedad, no dejarse vencer y contar ese duelo con la muerte desde la perspectiva de la vida. No pudo derrotar al cáncer, pero el resultado de su lucha no fue infructuoso, pues alumbró un libro excelente como es Arenas movedizas, que reúne sus vivencias pasadas y presentes. No es un libro filosófico ni de autoayuda, ni un libro de memorias al uso, o es todo a la vez, pues en sus páginas rebosan las preguntas esenciales de siempre, e historias luminosas y sombrías en las que no falta la denuncia política y social sobre el legado que dejará la humanidad. Impresionantes son sus reflexiones sobre el destino de los residuos radiactivos escondidos en el fondo de una montaña sueca.

            El título es muy significativo como metáfora del cáncer y de la vida misma y además alude a la pesadilla de morir en unas arenas movedizas que Mankell tuvo de niño y que regresó cuando le diagnosticaron el cáncer, una enfermedad contra la que emprendió una lucha que le llevó a la muerte  a los 67 años, y que dejó escrita en este libro que comento, su legado más personal en el que destaca, sobre todo, la capacidad de observación del patriarca de la literatura policíaca escandinava, su facilidad para establecer analogías y correspondencias entre su vida pasada y la realidad presente, así como su sensibilidad para tratar cuestiones sociales candentes e incómodas desde la honestidad y la coherencia de su actitud cívica, ya que Mankell  vivió gran parte de su vida en África, dirigió en Maputo (Mozambique) el Teatro Nacional Avenida, y además montó una editorial en la que publicó a muchos autores del tercer mundo.

Este emotivo libro, que a la vez es un canto de vida y esperanza y un descenso a los infiernos, está dividido en capítulos que no siguen un orden cronológico y relatan el pasado del autor con un encanto narrativo fabulador no exento de lirismo, como es la visita al Museo Británico, su lectura sobre la isla de Pascua, los atractivos peligrosos del hielo, la muerte de un niño mozambiqueño, el asalto que el propio autor sufrió en Zambia y que pudo costarle la vida , su experiencia al límite cuando estuvo a punto de morir atacado por unos hipopótamos, la lectura de un libro que asegura que las pinturas rupestres fueron ejecutadas por un método de calco tras el descubrimiento de la proyección de la luz (en el capítulo 48 Mankell habla de la relación entre las variaciones del eco y el arte rupestre. No se lo pierdan es un texto delicioso), así como las visitas al Museo Británico, a Salamanca, a Mantua, a Buenos Aires, a Malta y a las ruinas de Hagar Quim… Crónicas vitales no exentas de horror, de una belleza oscura y magnética, como el impresionante relato sobre el cuadro La balsa de la Medusa de Gericault y el terrible naufragio que lo inspiró (capítulo 20).

Mankell es un hombre de la ilustración que no cree en Dios y, por tanto, no se refugia en la fe ni en un más allá, pero tiene una especial sensibilidad hacia el misterio de la existencia y le preocupan las preguntas sin respuesta. Sus reflexiones, no obstante, son equilibradas y vitalistas y oscilan entre la razón, el sentimiento y las emociones;asimismo transmiten una gran esperanza en la lucha contra el cáncer que lo va devorando.
Por ejemplo, en uno de los capítulos más significativos del libro -puede leerse como una declaración de principios-  titulado “De puntillas, de una sombra a otra”, escribe Mankel (pág 245): “Todos nos hacemos preguntas. Es algo que tenemos en común. No conozco a nadie que no haya sentido curiosidad por las estrellas una noche de invierno y que no se haya preguntado por la existencia, el sentido y el curso de la vida.” Pero en esta misma página el autor reflexiona sobre la falta de igualdad de oportunidades que aleja a muchos seres humanos del conocimiento: “Es una de la mayores injusticias del mundo en el que vivimos, que algunas personas no tengan tiempo para pensar mientras que a otras nunca se les ofrece esa posibilidad. Poder buscar el sentido de la vida debería incluirse en las declaraciones de derechos como algo obvio”.

No obstante Menkel es un hombre flexible que no defiende verdades absolutas: “En mi mundo, las verdades siempre son provisionales. Nada de lo que he pensado en mi vida ha permanecido inalterado.” (pág 246). En la página siguiente el autor sueco  hace una firme defensa de la libertad de pensamiento: “Todos los pensamientos son posibles. No hay vallas ni fosos ni minas en el terreno del pensamiento. Todos es un paisaje libre. Las personas que gobiernan en regímenes tiránicos o dictatoriales lo saben y temen la libertad de pensamiento de la gente. De modo que recurren a diversos métodos para obligarla a que, de un modo más o menos, consciente, ejerzan la autocensura, que caven fosos en el cerebro allí donde no los había”.

Hallaremos en este libro momentos de duda, de temor, de desesperanza, pero en ningún momento pesimismo, pues en los cinco meses en que la quimioterapia tarda en combatir las células cancerosas, el autor sueco no deja de estar alerta, no deja de explorar su memoria, de repasar sus conocimientos científicos, de analizar lo que sucede a su alrededor. Reivindica el derecho a sentir miedo: “El miedo es mucho más que ese temor primitivo y básico a morir. El depredador te ve, pero tú no ves al depredador (pág 123) y la necesidad de aceptar el aquí y ahora: “Tengo la impresión de que las religiones no son más que un pretexto para no aceptar las condiciones de la vida. Aquí y ahora, nada más”. (pág 123), Es también una oda a la supervivencia: “Cada vez que veo a una persona rebuscando en los contenedores de basura veo ante mí ese sencillo axioma: Queremos vivir. A cualquier precio (pág 248),
            Al leer este libro uno siente que su autor no pudiera superar el cáncer pero agradece el legado que nos ha dejado. No sé si leeré más libros de Henning Mankell, Pero Arenas movedizas se aposentará en un lugar privilegiado de mi memoria.


José Luis Zerón Huguet



2 comentarios:

  1. ¡Excelente comentario,una hermosa introducción al libro de Mankell! ¡Gracias!

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