lunes, 23 de noviembre de 2015

MAX AUB: Diarios (1939-1972)


MAX AUB  
Diarios (1939-1972)



He terminado de leer una selección de los diarios de Max Aub en edición de Alba editorial (1988). Confieso que las veces que traté de leer a Aub desistí por aburrimiento. Lo intenté con tres novelas: La calle Valverde, Campo cerrado y Campo de Almendros, pero dejé todas a medias. Hace unos meses, por recomendación de un amigo, quise leer La gallina ciega pero no hallé este libro ni en las librerías, ni en las bibliotecas que frecuento. Ahora me he reconciliado con Max Aub leyendo esta selección de textos de las miles de páginas que constituyen sus diarios (ignoro si hay una edición completa de los mismos), que abarcan desde el exilio del autor (febrero de 1939) hasta las vísperas de su muerte (22 de julio de 1972 en México Distrito Federal). Son cuatro los años más convulsos y desasosegantes de estos diarios: desde que el autor abandona España como un republicano vencido hasta su llegada al puerto mexicano de Veracruz en  octubre de 1942. Desde que abandonara España le acompañará siempre un sentimiento de orfandad que no le impedirá ser un intelectual valiente y reflexivo.

Aub me parece un hombre honrado, lúcido y vehemente que vive la literatura como pasión y no teme hacer autocrítica ni ponerse abiertamente en contra de los comunistas, sobre todo en lo que respecta a la doble moral de estos, a raíz del pacto germano-soviético o la invasión de Hungría  en 1956. Al mismo tiempo que es capaz de adoptar una postura de justa equidistancia condenando la invasión ese mismo año del Canal de Suez por las tropas angloamericanas. Y censurando los abusos del capitalismo. También se atreve a criticar al jesuítico y omnipresente José Bergamín cuando este viaja a la antigua Yugoslavia a rendirle pleitesía al mariscal Tito y  justifica los crímenes comunistas, o cuando el atrabiliario escritor vasco regresa a la España franquista en los años 60 en un gesto de incoherencia.  Aub ampoco es indulgente con los colegas exiliados que supieron acomodarse con artimañas ni con los que representan “el llamado exilio interior”, a quienes considera apocados o cobardes. Es significativo el comienzo de esta nota del 9 de octubre de 1965 en la que su autor juzga con injusta dureza a Vicente Aleixandre, pues bien sabemos (aconsejo la lectura del libro De Nobel a novel epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa, edición de Jesucristo Riquelme editado por Espasa libros, 2015) que el sevillano demostró ser un gran amigo del oriolano propagando su obra y ayudando honradamente a su viuda, josefina Manresa: “Me escribe Vicente Aleixandre, dándome algunas noticias acerca de Miguel Hernández, que le había pedido. Si aprovechas estos datos –viene a decirme-, ¡Por Dios, no vayas a decir que te los he dado yo! Son noticias totalmente anodinas. (¿Dónde estuvo Miguel a fines de marzo de 1939?) Ha estado todo el día bajo la mortal impresión de tristeza porque puedan enterarse de que se interesa por la suerte del que fue uno de sus mejores amigos. Terrible desconsuelo. Por él, por España, por Miguel.”

Max Aub es un crítico exigente pero pocas veces pierde la educación y suele valerse de un estilo directo, no exento a veces de exquisita ironía.
Las anotaciones de los diarios  constituyen la prueba más contundente de la vocación literaria de Aub, constantes reflexiones sobre el oficio de escribir y la voluntad de lucha del autor contra el viento de la historia y la marea del exilio. Encontramos en ellas información muy valiosa sobre la propia biografía del autor y sobre escritores, políticos y artistas de reconocido prestigio internacional, y algún que otro chisme. No hay en estas anotaciones grandilocuencia ni maximalismo, ni veleidades irracionalistas, si acaso, en ocasiones, el pesimismo del autor resulta algo paranoico. En general el tono de los diarios es natural, sereno y equilibrado, sobre todo cuando el autor ha de dar cuenta de la muerte de amigos y conocidos (en los últimos años, sus apuntes se convierten en una sucesión de necrológicas), aunque en ningún momento recurre al elogio fácil o al panegírico y siempre encuentra unas palabras de reconocimiento para quien se las merece.

            Encontramos deliciosos retratos a vuela pluma de escritores exiliados de la llamada Generación del 27, o palabras evocadoras dedicadas a otros autores menos conocidos que no les alcanzó el invento de Don Dámaso Alonso.
Aub es modesto pero no humilde, comedido pero no elusivo; tiene también su punto de egolatría y se queja a menudo de ser un desconocido al que solo leen unos pocos amigos. “No me tendrán que recordar sino descubrir” escribe en una nota de 1966. Por tanto, teme por el futuro de su obra y se lamenta cuando sus libros no son bien distribuidos –en ocasiones nada distribuidos-.

Habla con ternura del amor, de la soledad, de sus achaques, de sus nietos, y sufre por estar veinte años sin ver a su madre, la cual le culpa de no haber conseguido un visado para ella. Max Aub conjuga acertadamente su experiencia personal y sus peripecias cotidianas, sus angustias, desasosiegos y esperanzas con las reflexiones sobre lo que ocurre en el mundo y la defensa de una ética personal basada en la socialdemocracia. Resultan interesantes sus encuentros con colegas a los que aprecia pero que a menudo le defraudan. A veces sus reflexiones constituyen en sí mismas breves ensayos, y otras se adelgazan hasta alcanzar la esencia aforística, véase por ejemplo esta entrada del 29 de abril de 1957: “definición de arte: hacer de la mentira verdad”.

Por último diré que Max Aub se siente atormentado por su condición de apátrida al heredar cuatro nacionalidades: la alemana por parte de sus padres, la francesa por nacimiento, la española al afincarse su padre en Valencia en 1914 y la mexicana por elección propia al exiliarse tras la guerra civil. Sintiéndose español y hablando y escribiendo en nuestra lengua experimentó una lacerante falta de identidad. El 22 de enero de 1956 escribe: “¿Qué soy? ¿Alemán, francés, español, mexicano?¿Qué soy? Nada. ¿De quién la culpa? ¿Cómo culparme? Y, sin embargo, latente esa punzadura, ese veredicto culpable. Quise ser escritor- ¿Qué soy? ¿Novelista, dramaturgo. Poeta, crítico? No soy nada. Ahí también, con más razón, la sentencia culpable”



José Luis Zerón Huguet