miércoles, 8 de octubre de 2014

UNA NOCHE DE VERANO





Que Cortázar es el padre de la literatura latinoamericana en su vertiente fantástica, y que además dignificó el surrealismo y lo elevó a una categoría superior a las pautas marcadas por Breton y sus seguidores (1), me parece un hecho indiscutible, sin embargo es curioso que en los últimos años, en el ámbito de las letras hispanoamericanas, una representación importante de la crítica haya relegado al autor de Rayuela a un segundo plano al considerar que su obra ha envejecido prematuramente, hasta el punto de minimizar su aportación a la literatura de lo insólito considerándolo un Kafka menor. A estas alturas me resulta sorprendente que haya que seguir reivindicando la enorme vigencia de un clásico de la literatura siglo XX.




            Para mí significó mucho el descubrimiento de Julio Cortázar. Tenía yo quince años cuando empecé a leer sus cuentos, empujado por la curiosidad de conocer lo que escribía el traductor de mi admirado Edgar Allan Poe. Años más tarde accedí al resto de su obra y aunque Cortázar me parece un excelente ensayista, un estimable novelista y un poeta aceptable, lo mejor de su escritura se halla en sus cuentos.


            No es mi intención abarcar en tan poco espacio la obra cuentística de Cortázar, pero sí quisiera destacar y analizar desde mis limitadas posibilidades “Verano”, que no es uno de los cuentos más citados del autor argentino, siendo como es, a mi parecer, una pieza maestra del género. Su contenido es el siguiente: Una cabaña en el sur de Argentina. Mariano y Zulma comparten una realidad previsible y monótona, asfixiados por la rutina y el orden. Florencio, un amigo de la pareja, llega al atardecer con su hija y les pide que la cuiden hasta la mañana. Cuando llega la noche, un caballo blanco se acerca al porche y amenaza con entrar en la casa. Zulma sufre un ataque de nervios y Mariano trata de mantener la calma. El caballo se marcha y la pareja de acuesta, pero Zulma se despierta en una pesadilla y baja a la cocina donde duerme la niña, queriendo comprobar que la puerta está cerrada. Mariano se despierta y la acompaña hasta la habitación, y allí, impaciente, la fuerza. Cuando amanece la pareja sigue con su rutina inalterable, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior.






            “Verano” pertenece al volumen de cuentos titulado Octaedro, editado por primera vez en 1974 (2). Está narrado por una voz ubicua pero no omnisciente, pues no sabe o no quiere revelar algunos detalles. Es pues, un cuento (como la mayoría de los escritos por Cortázar) polisémico y plagado de continuas elisiones y ambigüedades que admite varias lecturas: la interpretación literal o realista, la alegórica o simbólica y la onírica o irracional. Ya desde el comienzo, y aunque todavía lejos de saber lo que va a ocurrir, intuye el lector que algo va mal pues no puede sustraerse a una atmósfera inquietante.


Al atardecer Florencio bajó con la nena hasta la cabaña, siguiendo el sendero lleno de baches y piedras sueltas que sólo Mariano y Zulma se animaban a franquear con el yip. Zulma les abrió la puerta, y a Florencio le pareció que tenía los ojos como si hubiera estando pelando cebollas.


            El cuento continúa con unos párrafos que nos muestran una situación inesperada que rompe la cotidiana incomunicación del matrimonio: la presencia de la niña. Nada extraordinario, pero a los dos protagonistas se les nota vacilantes cuando organizan los preparativos para que la niña se sienta cómoda, y al mismo tiempo el narrador nos da a entender con maestría que hace tiempo que el matrimonio no vive la intensidad del amor. Asistimos a los rituales repetitivos y previsibles de una pareja que se destruye lentamente.

Ya atardecía temprano en el sur, apenas les quedaba un mes antes de volver a la capital, entrar en la otra vida del invierno que al fin y al cabo era una misma sobrevivencia, estar distantemente juntos, amablemente amigos, respetando y ejecutando las múltiples nimias delicadas ceremonias convencionales de la pareja (…)


Al mismo tiempo el matrimonio (sobre todo ella) transmite un rechazo difuso a la presencia de la niña, quien va romper el orden inquebrantable impuesto por la pareja. El malestar que produce esta fractura de lo corriente, de lo vulgar, se hace más patente en Zulma, que parece sufrir la falta de maternidad. El narrador también insinúa conflictos o traumas en Zulma que podrían tener que ver con la frigidez.

En las primeras páginas, en las “que no ocurre nada”, ya se percibe la amenaza siniestra que se manifestará repentinamente, el das unheimliche freudiano (3), esa irrupción de lo fantástico, de lo extraordinario en el marco de la verosimilitud y los lugares comunes.


Cuando Zulma oyó el primer ruido, Mariano estaba buscando en las pilas de discos unas sonatas de Beethoven que no había escuchado ese verano. Se quedó con la mano en el aire, miró a Zulma. Un ruido como en la escalera de piedra del jardín, pero a esa hora nadie venía a la cabaña, nadie venía nunca de noche (…) Sonaba raro, casi como un bufido, dijo Mariano. En el ventanal chicoteó una mancha blanca, Zulma gritó ahogadamente, Mariano de espaldas se volvió demasiado tarde, el vidrio reflejaba solamente los cuadros y los muebles del salón. No tuvo tiempo de preguntar, el bufido resonó cerca de la pared que daba al norte, un relincho sofocado como el grito de Zulma que tenía las manos contra la boca y se pegaba a la pared del fondo, mirando fijamente el ventanal. Es un caballo, dijo Mariano sin creerlo, suena como un caballo, oí los cascos, está galopando en el jardín. Las crines, los belfos como sangrantes, una enorme cabeza blanca rozaba el ventanal, el caballo los miró apenas, la mancha, blanca se borró hacia la derecha, oyeron otra vez los cascos, un brusco silencio del lado de la escalera de piedra, el relincho, la carrera.


           
Lo insólito sucede bruscamente, pero no en forma de un ser horrible y sobrenatural, sino de un hermoso caballo blanco cuya presencia es extraña porque no hay caballos en la zona donde se ubica la cabaña. Mariano, perplejo e indeciso, intenta razonar los hechos y concluye que se habrá escapado de una charca del valle y vino a la luz. Pero Zulma, angustiada, cree que el caballo está rabioso y quiere entrar en la casa. Zulma cae presa del pánico y su marido intenta calmarla, pero ella está convencida de que el animal entrará en la cabaña y acabará con ellos. Él empieza a perder la compostura y justifica su pasividad: 


Yo no tengo ni una escopeta, dijo Mariano, le metería cinco balas en la cabeza, hijo de puta. Ya no está ahí, dijo Zulma levantándose bruscamente, lo oigo arriba, si ve la puerta de la terraza es capaz de entrar. Está bien cerrada, no tengas miedo, pensá que en la oscuridad no va a entrar en una casa donde ni siquiera podría moverse, no es tan idiota. Oh, sí, dijo Zulma, quiere entrar, va a aplastarnos contra las paredes, sé que quiere entrar.


Lo extraño y terrorífico irrumpe en el lector no a partir de los hechos que se suceden (el asedio del caballo a la casa), sino de la actitud que los personajes adoptan. 


Zulma termina aceptando pasivamente las explicaciones de Mariano, y cuando comprueban que la nena está dormida suben a la habitación. Mariano trata de ser cariñoso con su mujer, manifestándole tímidamente y sin éxito su deseo erótico reprimido.

Le pasó la mano por el pelo, los dedos resbalaron hasta el hombro, rozaron los senos. Zulma se volvió de lado, dándole la espalda, sin hablar; también eso era como tantas otras noches de verano.


            Mariano acaba durmiéndose pero es despertado por Zulma, que ha tenido una pesadilla, y entonces es el momento en que surge otro conflicto: la protagonista cree que la niña va a dejar entrar al caballo. Mariano empieza a perder la paciencia y se muestra enérgico con su mujer, incluso emplea cierta violencia verbal para intentar convencerla de que está en un error; pero ella insiste en que la puerta está abierta y que el caballo terminará entrando en la casa. Finalmente surge otro hecho inesperado: la pasividad y el sentido común de Mariano ceden a un abyecto impulso de prepotencia masculina


No importa, dijo Mariano. Que entre si quiere, ahora me importa un carajo que entre o no entre. Atrapó las manos de Zulma que buscaban rechazarlo, la empujó de espaldas contra la cama, cayeron juntos, Zulma sollozando y suplicando, imposibilitada de moverse bajo el peso de un cuerpo que la ceñía cada vez más, que la plegaba a una voluntad murmurada boca a boca rabiosamente, entre lágrimas y obscenidades. No quiero, no quiero, no quiero nunca más, no quiero, pero ya demasiado tarde, su fuerza y su orgullo cediendo a ese paso arrasador que la devolvía al pasado imposible, a los veranos sin cartas y sin caballos. 


            Después de forzarla, Mariano baja a la cocina y comprueba que Zulma tenía razón: la niña había dejado abierta la puerta pero el caballo no llegó a entrar en la casa, pues todo está en orden, ese orden que continuaría inalterado a la mañana siguiente, como si nada hubiera ocurrido.


            El final no resuelve el misterio. ¿El caballo es real o es solo una alucinación de los dos protagonistas? ¿Es una criatura creada por la niña o es el subconsciente de Mariano? ¿O acaso la muerte  misma? Hay diversos niveles de significado simbólico en la presencia del caballo blanco. Como apunta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos (4), el caballo simboliza las fuerzas ciegas del caos primigenio, los deseos exaltados, los instintos, el sexo y la maternidad.  En algunas culturas el caballo blanco encarna a la muerte. A tenor de la simbología y a riesgo de incurrir en simplificaciones, podríamos decir que el caballo que asedia la cabaña representaría el inconsciente de Mariano y encarnaría sus deseos y temores. El caballo habría desencadenado los impulsos masculinos de Mariano y desbocado la sexualidad que tanto rechaza  Zulma, quien se siente una muerta en vida. Por otra parte, podríamos pensar que la niña y el caballo son una misma criatura que hace aflorar los conflictos ocultos de la pareja que la cuida esa noche. O quizá podríamos ver en la niña a una de esas vírgenes medievales que, según la tradición, eran capaces de amansar al indómito unicornio. No es la única vez en la obra cuentística de Cortázar en que el inconsciente masculino encarna en una bestia y una niña es agente involuntario de la aparición; en “bestiario” (5), cuento incluido en el volumen homónimo, publicado por primera vez en 1951, es un tigre el monstruo que llega del lado oscuro del protagonista. También podemos encontrar en dicha obra varios títulos que tratan el encarcelamiento matrimonial: “Las caras de la moneda”, “Vientos alisios”, “El otro cielo”, “Ciao Verona”, etc. (6)

          
  Lo que está claro es que la presencia, anómala del caballo blanco se manifiesta como el reverso de la realidad razonable, provocando una fisura en la civilizada incomunicación de la pareja protagonista.




             “Verano” es un cuento psicoanalítico, ya que predomina un mundo psicológico de los personajes, conformado en gran medida por los miedos, obsesiones, complejos y tabúes que condenan a los personajes a la frustración, el desasosiego y la soledad. Podríamos afirmar que se trata de un cuento de terror psicológico, en consonancia con lo que Jaime Alazraqui llama “poética de lo neofantástico” (7), es decir el mundo fantástico alejado de la escenografía decimonónica. Su estructura es circular: se inicia en una realidad cotidiana que va adquiriendo una atmósfera  onírica o pesadillesca en su desarrollo para concluir con una vuelta, nada catártica ni terapéutica, a la normalidad. 


“Verano” es además una perfecta pieza de orfebrería; desde las primeras frases trabaja las nociones de significación, intensidad y tensión que para Cortázar son los detonantes del buen cuento, según afirma en su célebre ensayo Algunos aspectos del cuento (8) .En este mismo ensayo el autor argentino manifiesta que “en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out”. Y “Verano” golpea al lector y lo deja noqueado, aturdido, con esa conjunción de lenguaje fluido, eficacia descriptiva y densidad simbólica, capaz de subvertir el orden establecido, de abrir un hueco de apertura y revelación en la realidad más limitada. 



José Luis Zerón Huguet



(1).Para entender la filiación  de Julio Cortázar con el surrealismo recomiendo la lectura de Teoría del túnel. Notas para una ubicación del surrealismo y el existencialismo. En Obra crítica. Vol.1 Alfaguara, Madrid, 1994.

(2) Cortázar, Julio: Octaedro. Libro de bolsillo/ literatura. Alianza Editorial, Madrid, 1974.

(3) En su ensayo Das Unheimliche (traducido como Lo siniestro), Freud opone lo ominoso a lo doméstico y familiar, aquello que debiendo haber estado oculto se ha manifestado. En Obras completas, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1989.

(4) Cirlot, Juan Eduardo: Diccionario de símbolos. Editorial Labor S.A., Barcelona, 1991.

(5) Cortázar, Julio: Bestiario. Alfaguara, Madrid, 2014.

(6) Cortázar, Julio: Cuentos (2 vols.). Alfaguara, Madrid, 1994. Cíao Verona fue publicado como texto inédito en el suplemento Babelia del diario madrileño El País, 5 de noviembre de 2007.

(7) Alazraki, Jaime: En busca del unicornio: los cuentos de Julio Cortázar. Gredos, Madrid, 1983.

(8) Cortázar, Julio: Algunos aspectos del cuento. Casa de las Américas, La Habana, año 11, nº 15-16, nov.1962-feb.1963.




3 comentarios:

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    1. Mis disculpas por eliminar el primer comentario que contenía una errata. Reitero lo dicho, con más brevedad: "Dudo que exista una consideración menor sobre la obra de Cortázar y que sea un secundario a la sombra de Kafka. Sus cuentos siempre están ahí, en primer plano, haciendo de lo real una casa tomada, sembrando de inquietud cualquier cristal... Es un autor que requiere un regreso. Abrazos.

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  2. Por desgracia creo que sí hay una corriente crítica con la obra de Cortázar. Con motivo de la celebración de los 50 años de la edición de Rayuela se publicaron en revistas literarias y en los suplementos culturales de los diarios de mayor tirada numerosos artículos de jóvenes escritores, y me sorprendió que algunos de ellos cuestionaran la obra de Cortázar, mientras que otros adoptaban una actitud de perdonavidas, si se me permite la expresión. Casualmente leí ayer una reseña del libro de Cristina Peri Rosi "Julio Cortázar y Cris" (La vanguardia 10-9-2014), y en uno de los párrafos dice la autora, Laura Freixas: "El valor de la obra literaria de Cortázar siempre fue discutido (Xavi Ayén nos recuerda que Valverde lo consideraba 'un Borges de segunda, o sea un Kafka de tercera' y Benet le tildaba de `chabacano`), pero en cambio, no cabe duda de su atractivo personal".
    Estoy de acuerdo contigo, amigo mío: Julio Cortázar es un autor que requiere un regreso.

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