miércoles, 23 de julio de 2014

SOBRE POESÍA Y POETAS



 
SOBRE POESíA Y POETAS

(entradas del diario A salto de mata enero-junio 2014)



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La poesía es un género literario despreciado, siempre cuestionado y obligado a la constante necesidad de explicarse. La poesía en continuo peligro de extinción. Sin embargo, ante la posibilidad de no ser y pese al caos en que anda sumida, está generando una expectación en aumento: cada vez hay más poetas –con más o menos talento, más o menos impostores- y me atrevo a decir que una mayor cantidad de lectores de poesía que no escriben poesía; abundan los festivales poéticos, la perfopoesía, los colectivos de poetas conectados por internet, las experiencias de poesía multimedia alternativas y los editores independientes en la Red –blogs , páginas web, revistas digitales dedicadas a la poesía, etc.-; hay cada vez más editoriales y poetas que toman la calle y debates en torno al presente y futuro de la poesía. Hay Poetas consagrados, establecidos, alternativos, postrománticos, postsimbolistas, postpoetas, arqueólogos sonetistas, comprometidos, intimistas, expansivos… A la poesía se la ataca por todas partes, es maldecida, perseguida, obligada a habitar en las afueras, y de cuando en cuando es exhibida como una reliquia del pasado o como un lujo inútil o como una liberación catártica o como un fenómeno futurible. Pero la poesía, ajena a tantos debates, a tantos feroces cuestionamientos, a tantas felonías y humillaciones, resiste, ahora más que nunca, los asedios de la crítica, y soporta la pusilanimidad de los propios poetas y el deseo de los que tratan de institucionalizarla y de los que, al contrario, la  reivindican como un instrumento de insumisión. No se somete a la rigidez de la tradición ni a la impaciencia descarada de la singularidad. No tiene respuestas porque es en sí misma una duda metódica y no sabe el lugar que ocupa pues siempre ha estado desubicada: su territorio es inestable y dinámico, y acoge los discursos periféricos y los convencionales, las estéticas marginales y las dominantes, las representaciones  afectivas y los horizontes epistemológicos.



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No puede ser más lúcido Albert Camus cuando en L´homme révolté subraya la vacilación del poeta inconformista entre la contemplación y la acción decidida, entre el entusiasmo y el pesimismo. Para Camus la poesía rebelde “ha oscilado entre estos dos extremos: la literatura y la voluntad de potencia, lo racional y lo irracional, el ensueño desesperado y la acción implacable”. Un ejemplo palmario de esta afirmación es la poesía insobornable de Juan Gelman, quien falleció ayer a los 83 años de edad. Con él coincido en varias de sus afirmaciones:
-la poesía no puede cambiar el mundo, pero sí puede enriquecer a quien la lee.
-El único tema de la poesía es la poesía. Por eso el poeta puede hablar de todo.
-No se puede escribir a voluntad, o sea una poesía funcionaria. La poesía te busca, no tú a ella.


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Leo en El Cultural de El Mundo una entrevista con Agustín Fernández Mallo, el paradójico escritor que representa la ruptura y la integración al mismo tiempo. Dice: “El mayor respeto para con el lector es ignorarlo”. Este es el titular. En la respuesta a la pregunta sobre si es posible escribir sin pensar en el lector, Fernández Mallo  matiza: hay que escribir como si el lector no existiera, porque no puedes hacer algo bueno si piensas en agradar o en quién le va a gustar lo que tú haces”.
            Horas después de leer las declaraciones de Mallo escucho una entrevista a Juan Gelman en www.Vanguardia.com  Dice el poeta argentino: “No pensar en el lector es el mejor modo de respetarlo. Escribir para… ya me parece un deseo de imprimir voluntad a lo que no se puede poner voluntad”.


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Nada mejor para sentirse uno a gusto consigo mismo que este verso del Nóbel sueco Transtrómer: “Misión: estar donde uno está”. Por muy perogrullesco que parezca el verso, no deja de ser aleccionador, al menos para mí. Me sitúa en una actitud de reconocimiento de mí mismo y de lo que me rodea, de asunción y celebración a un tiempo de la existencia, en una actitud de espera para recibir lo que está por llegar. Lo importante es ser y estar siempre con un movimiento de apertura a pesar de nuestra insignificancia.

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Enero ha sido nefasto para  la poesía. Primero se fueron José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Fernando Ortiz y ahora Félix Grande, víctima de un cáncer de páncreas. Admiro el lenguaje poderoso y vehemente de su poesía, sus metáforas brillantísimas, su perfección formal y su concepción poética como un hecho misterioso y radical que nada tiene que ver con la exquisita suficiencia del poeta funcionario que ha perdido sus asombros.
            Su muerte me ha pillado leyendo Poética y poesía de Félix Grande editado por la Fundación Juan March. En el texto en prosa autobiográfico que encabeza la antología poética leo este fragmento que comparto plenamente: “Lo que importa es saber que las palabras no son definiciones sino revelaciones. Y que la verdadera exactitud de la tensión poética no se resigna a proporcionar evidencia, sino que, ambiciosamente, agranda la densidad y la santidad del misterio”.
            Recuerdo que conocí a Félix Grande en Orihuela el 27 de octubre de 2010. Grande pronunció una conferencia en el Aula de Cultura de la CAM, organizada por la Asociación cultural Orihuela 2010. Posteriormente fui invitado a la cena masiva organizada por la asociación y me situaron con varios profesores de literatura en la mesa que presidía el poeta y su esposa, Paca Aguirre. Félix Grande me pareció un hombre apuesto: alto, erguido, con un rostro atractivo, mezcla de patricio romano y de campesino. En los rasgos de su rostro se reunían la exquisitez del hombre culto y refinado y la tosquedad de su ascendencia rural. Por otra parte, siendo un hombre cordial y accesible, no lograba ocultar cierto divismo; una distinción que le hacía sentirse seguro de sí mismo pero no arrogante. Aparentemente me pareció un hombre sereno, aunque su poesía no lo sea y él haya confesado en más de una ocasión su carácter vehemente y apasionado.
            De su conferencia apenas recuerdo nada resaltable. Estuvo brillante, emotivo e ingenioso y me agradó su voz grave y afinada. Pero su discurso no me aportó nada. Durante la cena éramos varios en la mesa y no tuve oportunidad de hablar demasiado con el poeta, Recuerdo su rechazo y el de Paca a la biografía de Miguel Hernández escrita por Eutimio Martín. Hablamos del carácter indómito de la poesía, “un escozor del alma” dijo él. Hablamos de César vallejo, de Machado, de Miguel Hernández, de Luis Rosales, sus poetas preferidos. Mejor dicho: habló él y los demás callamos. Y solo yo puede dar alguna opinión continuada. Hubo más diálogos y menos monólogos de Félix y Paca cuando avanzó la noche. Compartimos los tres que la poesía es un estado de gracia y no un género literario, eso sí, una revelación llena de luces y sombras, de páramos y huertos, de jardines y cementerios. Yo le entregué mi cuadernito “Las llamas de los suburbios” y él lo hojeó y le dedicó tres o cuatro minutos de su atención. Resaltó unos versos de mi poema “Tempus fugit”. Me prometió que me daría una opinión cuando lo leyera en casa, y aunque nos intercambiamos nuestros correos, él no cumplió su palabra y yo no me atreví a escribirle. Guardo esta foto que nos hicieron y el recuerdo de aquel hombre que hace honor a su apellido.


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Cuando la poesía me sobresaltó no encontré alivio.


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Parafraseando a San Agustín: Yo sé lo que es la poesía, pero dejo de saberlo cuando alguien me pregunta por ella.


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La poesía solo le parece estúpida a los estúpidos.




José Luis Zerón Huguet

 

1 comentario:

  1. Qué grande Félix. Y que buena definición: "La poesía es un estado de gracia", desgraciadamente para muchos poetas. Magníficas reflexiones. Saludos

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