miércoles, 7 de mayo de 2014

SIT TIBI TERRA LEVIS





El pasado 6 de marzo murió el poeta Leopoldo María Panero, quien escribió en uno de sus momentos de tremenda lucidez que vivía “esperando todos los días la pena de muerte”. Murió el poeta que miraba a la vida con ojos de muerto, que miraba con indiferencia el rostro de la muerte. Otro poeta más que se nos ha ido en este año fatídico para la poesía.



 Leopoldo (a la izquierda) junto a Felicidad Blanc y Michi Panero



Abrumado por las numerosas muestras de admiración y reconocimiento que se publicaron en los medios de comunicación, no me sentí capaz de pergeñar un solo párrafo a propósito de la muerte de  Panero, y me decido ahora a escribir este artículo, pasados dos meses, cuando aún se suceden los panegíricos dedicados al poeta icónico, que  los detestaba y al mismo tiempo dependía de ellos.

Siento una mezcla de nostalgia y temor. Nostalgia porque leí atentamente su poesía desgarrada y caótica durante mi juventud, en un tiempo de plenitudes y grandes expectativas personales. Recuerdo que llevé conmigo una antología de Panero al hospital Virgen de la Reixaca y la leí mientras esperaba el nacimiento de mi hija. Era una poesía, desolada y nihilista, poco adecuada para celebrar un nacimiento, pero me acompañó en aquellos momentos de inquietud. Temor porque creo que la muerte de Leopoldo María Panero convertirá definitivamente al poeta en un símbolo, en un arquetipo del malditismo, es decir en un muerto oficial. Y es que Panero encarnó como pocos la paradoja del poeta maldito enajenado en su propio gueto al tiempo que venerado por sus numerosos lectores y canonizado por la crítica. La desmesurada poesía de Leopoldo María Panero podría calificarse de irracionalista, expresionista, culturalista y hermética, pero también abunda en ella el pastiche y la apropiación de textos recreados o simplemente copiados. También resulta paradójico que Panero, un artista del plagio, la imitación y la recreación, lograra una poética peculiar y reconocible. Por otra parte hay que destacar que entre sus versos escatológicos, fieros y desordenados hay una belleza sombría que conmueve y asusta. 


Panero no huyó de la dura realidad de la vida sino que se enfrentó a ella creando un mundo paralelo, mucho más escabroso, que exhibió con sus patéticas dotes mediáticas en programas de radio y televisión y en dos célebres y sórdidas películas de Jaime Chávarri: El desencanto y Después de tantos años. El maldito oficial de la poesía española ha dejado un poemario inédito, Rosa enferma, que publicará en otoño Huerga y Fierro; en uno de los poemas, escribió “y nadie vendrá a llorar sobre mi tumba”. Se equivocaba el poeta, ya que toda la España literaria se ha hecho eco de su muerte y algunas lágrimas han llovido sobre su tumba.

Precisamente ahora, cuando medito sobre la muerte de Panero y su futuro como poeta icónico recuerdo la entrevista que le hizo Isabel Gemio en el programa Te doy mi palabra, de Onda Cero el 16 de junio del año pasado. Acompañó al poeta, el editor Antonio Huerga. Para mí hacía tiempo que Panero había dejado de ser un poeta extraordinario para convertirse en un personaje de feria, en un enfermo mental que exhibía su paranoia y su patética incapacidad para hilar un mínimo discurso. Todo lo que ha escrito en los últimos años es caótico -en el peor de los sentidos-, inconexo y repetitivo. Diría que a partir de Poesía completa (1970-2000) (Visor,2001).  Aún así, cada vez que leía o escuchaba sus declaraciones (y los medios de comunicación, atentos a todo lo banal y pintoresco, se lo rifaban) sentía la impresión de que iba a escuchar algo interesante,  de que asistiría a una importante revelación, pero acababa –y es que nunca escarmenté- profundamente decepcionado y molesto.



           
 En la entrevista que comento más de lo mismo: el poeta habló de su sempiterna paranoia, convencido de que lo iban a matar en el psiquiátrico, de su voracidad como consumidor de Coca-Cola Cero y de su querencia por el dinero. Asimismo repitió la célebre frase que tantas veces ha servido de titular en los medios de comunicación: “Lo único que yo he conocido en vida ha sido el infierno”, que por manida ha perdido su trágica autenticidad. De poesía habló poco, muy poco… algún retazo, varios chispazos, citas continuas, frases hechas –más bien contrahechas- y un ir y venir de un tema a otro, casi siempre sin ton ni son. Panero habló como un yonqui desahuciado, casi un catatónico y la Gemio lo trató como a un niño, impostando la voz, siguiéndole el juego y riéndole las gracias cuando era consciente de que la entrevista –no podía ser de otra manera- se le había ido de las manos. Por su parte el editor Antonio Huerga alabó con cariño a su amigo  apelando a su hipersensibilidad y trató de dotar de cordura a la delirante entrevista. Cuando se habla de Panero todo son piropos maximalistas y eufemismos que aluden a su enfermedad mental. 


Seguramente los periodistas tenían razón al buscar a Panero. Porque todas las entrevistas que concedía el autor de El último hombre despertaban un interés inusitado. Claro, a los españoles nos gusta el circo tanto o más que el pan, y ver a un poeta devastado por la esquizofrenia y por sus excesos con las drogas es un espectáculo garantizado de refinado patetismo. Con todo, lo que más me irrita es que no se pueda hablar de Panero sin apelar a su “malditismo” y a su “rebeldía”. Porque lo cierto es que de maldito tenía muy poco, pues no solo fue asimilado por el sistema, sino que por razones obvias, el sistema mismo lo adoptó. En cuanto a su rebeldía diría que más bien se trataba de la manifestación negativa que produce el pánico en el paranoico. Y poeta… lo fue durante muchos años cuando escribía auténticos poemas. Muy buenos poemas.



José Luis Zerón Huguet





1 comentario:

  1. Gracias, José luis. El tiempo lo pondrá en su sitio como poeta y valorarán lo bueno de su palabra.
    A mi me producía, cuando lo veía cierta inquietud y, por qué no decirlo, lástima.
    Y, como tú expresas con rabia, lo peor es el circo que tanto nos gusta. Un abrazo
    Pascu

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