sábado, 24 de mayo de 2014

EL RESCATE DE UN HÉROE OLVIDADO EN LAS CUNETAS DE LA MEMORIA





Hay libros que pueden y deben ser discutidos, pero lo que no pueden ser es ignorados, como es el caso de la novela Un republicano en Orihuela del Señor de José Antonio Muñoz Grau. El libro, que ha despertado mucho interés y que dará qué hablar no solo en la capital de la Vega Baja, fue presentado el pasado 15 de mayo. Casi medio millar de personas se reunieron en el auditorio de la Lonja de Orihuela para arropar al autor, que reaparecía después de un largo encierro en el que libró con éxito dos batallas: una –la más dura sin duda-contra el cáncer que contrajo hace nueve meses,  la otra contra las presiones, dificultades, dudas y ansiedades, generadas por la escritura de su primera novela. 



 José Antonio Muñoz, un hombre polifacético conocido como activista al frente de la Comisión Pro-Río Segura y como periodista, es también pintor y escritor .Ha escrito poesía ,teatro, relatos, novela y artículos. Cofundador de la revista sociocultural La Lucerna y de Ediciones Empireuma, ha publicado en periódicos como La Verdad, Información y El País y ha escrito dos libros (Un país de borregos (teatro, 1990) y Una Navidad y otros cuentos (1992).
            Reconozco que no conocía al personaje principal de la novela, Paco Ros Alifa, hasta que José Antonio Muñoz me habló de él, y no pude entonces evitar compararlo con Oskar Schindler, Raoul Wallemberg y Ángel Sainz “el ángel de Budapest”. Estos tres héroes salvadores de judíos durante la Segunda Guerra Mundial fueron olvidados, como Paco Ros, y sufrieron la injusticia del ostracismo y la indiferencia. El cine y la televisión los rescató de las cunetas del olvido y les proporcionó fama universal. Jose Antonio Muñoz Grau también ha rescatado a otro héroe desconocido con una novela muy cinematográfica. 

Paco Ros Alifa fue director honorífico del hospital municipal San Juan de Dios de Orihuela y utilizó esa infraestructura sanitaria y otras como la Oficina de reclutamiento de Espinardo para salvar a cientos de perseguidos, amigos y enemigos (políticos y personales) suyos de Orihuela, Callosa de segura, Benejúzar, Almoradí, Bigastro, Alicante, San Pedro del Pinatar, Cartagena y Murcia, unas veces falsificando salvoconductos, o partes médicos; otras enfrentándose directamente a milicianos despiadados. Significativo es el capítulo 26 en el que se narra la visita al hospital municipal de Soria, apodado el Tremendo, un miliciano justiciero dispuesto a llevarse por las bravas a un protegido de Ros Alifa; este se niega con un temple admirable y logra que el matón se marche frustrado. El protagonista de la novela. militaba en Unión Republicana y gozaba de gran prestigio en Orihuela. Sin embargo se quedó en tierra de nadie, pues era un hombre honesto para quien el ser humano estaba por encima de las ideas, de modo que fue considerado un tibio, incuso un traidor a la República por sus correligionarios del Frente Popular, mientras que los falangistas lo consideraban un “rojo peligroso”.
            En realidad estamos ante una novela biográfica, y en toda novela biográfica hay mucha documentación, pero también un ejercicio imaginativo del autor para darle categoría estética y creativa  a lo narrado. J. A. Muñoz ha trabajado con casi quinientos documentos, procedentes de la familia de Paco Ros, del Archivo Municipal de Orihuela y del Archivo del ejército del aire, y con testimonios orales de gente viva que recuerda  al protagonista de la novela.
En Un republicano en Orihuela del Señor, aparece un personaje importante que contrasta con el protagonista principal por su condición humilde, pero ambos convergen en la honestidad, entereza, coraje y búsqueda de la libertad. Se trata de José Grau, “el viejo rojo”, abuelo del autor, empeñado en escuchar  Radio Pirenaica con un aparato de fabricación  casera,  y en no ir a Misa. A pesar de las palizas y las persecuciones a las que fue sometido nunca claudicó. 

La novela, que consta de 60 capítulos o fragmentos numerados, acaba con un  epílogo en el que el autor hace un cameo apareciendo de niño. Obedece una orden del abuelo, que le manda que vigile desde lo alto de una higuera por si aparece la Guardia Civil mientras “el viejo rojo” escucha Radio Pirenaica en su ·”máquina de fabricar la libertad”, que así es como ve el artefacto sonoro su nieto. Hay también un extenso mosaico de personajes: Desfilan curas, aristócratas, señoritos, desclasados, matones, gente hambrienta que recurre a la picaresca, putas, toreros, políticos corruptos y sádicos, todos con nombres propios y algunos muy arraigados en el imaginario colectivo de la ciudad. Es una novela de contrastes: el lenguaje culto y las costumbres refinadas de la alta burguesía, el clero y la aristocracia, y el habla popular de las clases que habitan en la periferia (Rabaloche, Capuchinos, San Isidro y San Francisco) dedicadas a la supervivencia; la oscura sordidez de la parafernalia franquista en las calles de la ciudad y la feracidad luminosa de la huerta; el afán de los personajes más siniestros y poderosos por sembrar el terror y la muerte y el apego a la vida cotidiana de las víctimas de la represión y el hambre. José Antonio Muñoz corre el peligro de incurrir en el maniqueísmo, pero lo evita. La Iglesia en su conjunto, por ejemplo, sale muy mal parada, pero también aparecen curas buenos que siguen al pie de la letra el Evangelio, por ejemplo el fraile capuchino que se la juega organizando “la procesión del hambre” en el capítulo 4, o en el 48 el cura Magaña,  al enterarse de que Paco Ros está preso en el retén sufriendo torturas pone en marcha el procedimiento para conseguir su libertad, salvándolo de esta manera de una muerte segura. Y también aparecen algunos clérigos implicados con el victorioso Caudillo, pero tan ingenuos y benévolos como para no resultar repelentes, es el caso del célebre Antonio Roda. También hay milicianos sanguinarios movidos por el deseo de venganza y falangistas que tienen buenos sentimientos, como es el caso de Eduardo Almunia, el hijo de la marquesa de Rubalcava, hombre voluntarioso e idealista pero ingenuo, o las personas  que apoyaron las declaraciones de Paco Ros (más de cien familias testificaron a su favor ante el Servicio de Investigación e Información de falange Tradicionalista y de las J.O.N.S. o ante el juez militar).
La novela es valiente y está escrita con una emoción desbordante que a veces incurre, a pesar de la crudeza, en un tierno sentimentalismo, un ejemplo: el capítulo 29  registra un ilustrativo diálogo entre Ros Alifa y su hijo Salvador; el protagonista le explica al muchacho -que se ha peleado por defender el honor de su padre al que acusan de cobarde- que no solo son héroes los que combaten, también lo son quienes salvan vidas en la retaguardia sin pegar un solo tiro, aunque tengan que recurrir  al engaño. Un diálogo emotivo y didáctico que resume, en las propias palabras del padre y el hijo, el mensaje del libro.
Sobre la Guerra Civil hay mucha literatura, pero muy poca donde se refleje directamente la brutal represión franquista. El autor del prólogo, Isabelo Hernández, nombra algunas excepciones; Puerta del sol de Ricardo Bastid y las novelas-memoria de Eduardo de Guzmán (yo añado 1940 de Francisco umbral). Un republicano en la Orihuela del señor cubre con creces este vacío. El estilo entre expresionista -a veces de un crudo tremendismo- y chusco, costumbrista y lírico, resulta muy eficaz. Añado que por la temática es una novela aparentemente destinada al  público oriolano, de ahí el éxito inicial en la tierra del autor, aunque también puede resultar interesante para cualquier lector exigente, si exceptuamos algunos capítulos localistas, pues como dice Isabelo Herreros, "se pueden crear categorías universales desde un pueblo". En indiscutible la capacidad de Jose Antonio Muñoz para escribir una literatura conmovedora, brillante, nada opacadora, que intenta arrojar luz sobre los temas tratados; pero esos excesos de claridad, de rotundidad naturalista, que pueden gustar al público poco habituado a la lectura, no tienen en absoluto nada que ver con la literatura dócil a la normalización  mediática, académica o editorial que aplana y achata el lenguaje, la temática y el pensamiento. Es una literatura brillante y a favor del lector, pues trata de conmoverlo y de perturbarlo en una operación  de desvelamiento –unas veces con crudeza y otras con ternura- y no tanto de conducirlo desde arriesgadas propuestas a nuevas posibilidades del lenguaje y la imaginación.
            También es destacable el ritmo frenético de la trama, su imaginería poderosa, el lenguaje  sintético, lírico, con una tendencia a la metáfora, el símil y el juego de palabras propio del autor. Es una novela coral contada por un narrador omnisciente que no es objetivo pues opina, juzga, valora y muestra sus claras preferencia por la República. En sus páginas se combinan el cuento (algunos de los capítulos pueden leerse como relatos independientes, por ejemplo el baño de los dos muchachos desnudos en el Segura después de una riada -51-, o el castigo que les inflige el gobernador, José María Paternina, a Penchele Ros -hermano del protagonista-, director de correos y Hermenegildo Hernández, director de Telégrafos, porque estos se marchan haciéndose los despistados del hotel palas sin saludar a Paternina cuando este acababa de entrar con su comitiva -54 y 55-), el género epistolar (Paco Ros Alifa prepara su defensa mientras está encerrado en el Seminario, introduciendo cartas de manera clandestina en el termo de café que lleva y trae su esposa y detallando en las mismas los nombres de las personas a las que salvó y cómo lo hizo), y el dramático, ya que  por la profusión de diálogos, algunos capítulos podrían ser cuadros de una obra de teatro.

            La novela tiene una estructura moderna, cinematográfica, no lineal; pero todas las piezas encajan. Comienza con un capítulo especialmente dramático. Es 1945 y paco Ros Alifa está siendo torturado por el comisario de la policía local, el alcalde y sus esbirros, acusado de esconder armas. Ha acabado la II Guerra Mundial y los falangistas están temerosos de que los comunistas se alcen y tomen el poder. En un largo flashback, regresamos a la Guerra Civil y a los desvelos de Paco Ros Alifa por salvar vidas. Asistimos al final de la guerra, a la detención del protagonista y a la celebración del consejo de Guerra del que es absuelto, aunque por una argucia legal es vuelto a procesar y condenado a unos años de prisión. La acción vuelve al siniestro retén. Paco Ros Alifa salva la vida in extremis cuando el cura Magaña se entera azarosamente de que su amigo está detenido. Magaña habla con el obispo y este con Franco, quien ordena que se le conceda la libertad; pero hay una consigna del vengativo gobernador Paternina: que se le niegue a Paco ros el pan y la sal, Y las fuerzas vivas de la levítica Orihuela cumplen el mandato y se esmeran para que la víctima no supere jamás el ostracismo. Finalmente hay una elipsis en la que viajamos al futuro, a los años sesenta. Vemos al protagonista exiliado en su finca de Rebate, cansado y envejecido pero contento con su familia durante la celebración de una Navidad.
             Como anexo se reproducen numerosos documentos que dan fe de la veracidad de los hechos contados.
Isabelo herreros cita en el prólogo una frase de Camus: “El escritor no puede ponerse al servicio de quienes hacen la Historia, sino de quienes la padecen” Y eso es lo que ha hecho José Antonio Muñoz Grau con su primera novela.



UN REPUBLICANO en Orihuela del Señor, de José Antonio Muñoz Grau.
Eco Tonner, Orihuela, 2015



José Luis Zerón Huguet


miércoles, 7 de mayo de 2014

SIT TIBI TERRA LEVIS





El pasado 6 de marzo murió el poeta Leopoldo María Panero, quien escribió en uno de sus momentos de tremenda lucidez que vivía “esperando todos los días la pena de muerte”. Murió el poeta que miraba a la vida con ojos de muerto, que miraba con indiferencia el rostro de la muerte. Otro poeta más que se nos ha ido en este año fatídico para la poesía.



 Leopoldo (a la izquierda) junto a Felicidad Blanc y Michi Panero



Abrumado por las numerosas muestras de admiración y reconocimiento que se publicaron en los medios de comunicación, no me sentí capaz de pergeñar un solo párrafo a propósito de la muerte de  Panero, y me decido ahora a escribir este artículo, pasados dos meses, cuando aún se suceden los panegíricos dedicados al poeta icónico, que  los detestaba y al mismo tiempo dependía de ellos.

Siento una mezcla de nostalgia y temor. Nostalgia porque leí atentamente su poesía desgarrada y caótica durante mi juventud, en un tiempo de plenitudes y grandes expectativas personales. Recuerdo que llevé conmigo una antología de Panero al hospital Virgen de la Reixaca y la leí mientras esperaba el nacimiento de mi hija. Era una poesía, desolada y nihilista, poco adecuada para celebrar un nacimiento, pero me acompañó en aquellos momentos de inquietud. Temor porque creo que la muerte de Leopoldo María Panero convertirá definitivamente al poeta en un símbolo, en un arquetipo del malditismo, es decir en un muerto oficial. Y es que Panero encarnó como pocos la paradoja del poeta maldito enajenado en su propio gueto al tiempo que venerado por sus numerosos lectores y canonizado por la crítica. La desmesurada poesía de Leopoldo María Panero podría calificarse de irracionalista, expresionista, culturalista y hermética, pero también abunda en ella el pastiche y la apropiación de textos recreados o simplemente copiados. También resulta paradójico que Panero, un artista del plagio, la imitación y la recreación, lograra una poética peculiar y reconocible. Por otra parte hay que destacar que entre sus versos escatológicos, fieros y desordenados hay una belleza sombría que conmueve y asusta. 


Panero no huyó de la dura realidad de la vida sino que se enfrentó a ella creando un mundo paralelo, mucho más escabroso, que exhibió con sus patéticas dotes mediáticas en programas de radio y televisión y en dos célebres y sórdidas películas de Jaime Chávarri: El desencanto y Después de tantos años. El maldito oficial de la poesía española ha dejado un poemario inédito, Rosa enferma, que publicará en otoño Huerga y Fierro; en uno de los poemas, escribió “y nadie vendrá a llorar sobre mi tumba”. Se equivocaba el poeta, ya que toda la España literaria se ha hecho eco de su muerte y algunas lágrimas han llovido sobre su tumba.

Precisamente ahora, cuando medito sobre la muerte de Panero y su futuro como poeta icónico recuerdo la entrevista que le hizo Isabel Gemio en el programa Te doy mi palabra, de Onda Cero el 16 de junio del año pasado. Acompañó al poeta, el editor Antonio Huerga. Para mí hacía tiempo que Panero había dejado de ser un poeta extraordinario para convertirse en un personaje de feria, en un enfermo mental que exhibía su paranoia y su patética incapacidad para hilar un mínimo discurso. Todo lo que ha escrito en los últimos años es caótico -en el peor de los sentidos-, inconexo y repetitivo. Diría que a partir de Poesía completa (1970-2000) (Visor,2001).  Aún así, cada vez que leía o escuchaba sus declaraciones (y los medios de comunicación, atentos a todo lo banal y pintoresco, se lo rifaban) sentía la impresión de que iba a escuchar algo interesante,  de que asistiría a una importante revelación, pero acababa –y es que nunca escarmenté- profundamente decepcionado y molesto.



           
 En la entrevista que comento más de lo mismo: el poeta habló de su sempiterna paranoia, convencido de que lo iban a matar en el psiquiátrico, de su voracidad como consumidor de Coca-Cola Cero y de su querencia por el dinero. Asimismo repitió la célebre frase que tantas veces ha servido de titular en los medios de comunicación: “Lo único que yo he conocido en vida ha sido el infierno”, que por manida ha perdido su trágica autenticidad. De poesía habló poco, muy poco… algún retazo, varios chispazos, citas continuas, frases hechas –más bien contrahechas- y un ir y venir de un tema a otro, casi siempre sin ton ni son. Panero habló como un yonqui desahuciado, casi un catatónico y la Gemio lo trató como a un niño, impostando la voz, siguiéndole el juego y riéndole las gracias cuando era consciente de que la entrevista –no podía ser de otra manera- se le había ido de las manos. Por su parte el editor Antonio Huerga alabó con cariño a su amigo  apelando a su hipersensibilidad y trató de dotar de cordura a la delirante entrevista. Cuando se habla de Panero todo son piropos maximalistas y eufemismos que aluden a su enfermedad mental. 


Seguramente los periodistas tenían razón al buscar a Panero. Porque todas las entrevistas que concedía el autor de El último hombre despertaban un interés inusitado. Claro, a los españoles nos gusta el circo tanto o más que el pan, y ver a un poeta devastado por la esquizofrenia y por sus excesos con las drogas es un espectáculo garantizado de refinado patetismo. Con todo, lo que más me irrita es que no se pueda hablar de Panero sin apelar a su “malditismo” y a su “rebeldía”. Porque lo cierto es que de maldito tenía muy poco, pues no solo fue asimilado por el sistema, sino que por razones obvias, el sistema mismo lo adoptó. En cuanto a su rebeldía diría que más bien se trataba de la manifestación negativa que produce el pánico en el paranoico. Y poeta… lo fue durante muchos años cuando escribía auténticos poemas. Muy buenos poemas.



José Luis Zerón Huguet