jueves, 17 de abril de 2014

LA GRAN PERTURBACIÓN DEL MUNDO



            






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Ricardo Menéndez Salmón (Gijón 1971) es un escritor profundo, intenso y  perturbador que poco tiene que ver con otros autores de su generación. Leí con gran interés la llamada trilogía del mal (compuesta por las novelas La ofensa, derrumbe y El corrector), La luz es más antigua que el amor y Medusa. Ninguna me dejó indiferente. Hace unos días he devorado con una mezcla de placer y desasosiego Niños en el tiempo, la última novela del autor asturiano

 Las novelas de Menéndez Salmón en principio no desdicen de la manera de narrar de los autores jóvenes cercanos a la llamada posmodernidad: tendencia a la brevedad, a la fragmentación y lo misceláneo, eclecticismo, y un estilo culto, pulcro, de un desnudo conceptualismo, lejos de las retóricas morosas y preciosistas. Sin embargo, se alejan de la ligereza, la frivolidad, el descreimiento y el ingenio abusivo, elementos propios de la narrativa contemporánea. Lo que llama la atención al leer a Menéndez Salmón es un estilo muy definido que mezcla con naturalidad y eficacia la ferocidad y la indulgencia y un trasfondo filosófico que no renuncia lenguaje lírico y parabólico. El propio autor destacaba en una entrevista la profunda vinculación entre la filosofía y su obra literaria, y decía que “filosofar es preguntarse por muestro lugar en el mundo, por el sentido de lo que vivimos y hacemos, si es que dicho sentido existe”.


            Pues bien, en Niños en el tiempo son muy notorios los temas recurrentes del autor: la fusión de vida, literatura, arte y filosofía, el amor con sus derrumbes y reconstrucciones, la muerte, la creación artística y literaria como consuelo y salvación, la convivencia de la belleza y el terror, la maravillosa perturbación que es el mundo y la contante perplejidad que supone vivir en él. Es una novela de 220 páginas hermosa y reflexiva que se divide en tres relatos aparentemente independientes de una misma historia: “La herida”, “La cicatriz” y “La piel”. 


Se inicia con la historia de una pareja que acaba de perder a su hijo único, un niño. La muerte del hijo conlleva el derrumbe de los padres, Antares y Elena, y el progresivo e irremediable declive de la pareja que experimenta su particular catábasis. El libro, gira alrededor de este primer relato, en el que la prosa resulta más retórica –una retórica desolada-, con frases rotundas que suenan como sentencias, si bien el autor demuestra, exhibe diría, su precisión lingüística, su habilidad para retratar el estado sicológico de los personajes y su capacidad para manejar con delicadeza pero sin censura la melancolía, la angustia, la tristeza, la impotencia, en suma el detalle, bien sea tierno, hermoso o atroz. El padre, escritor, necesita por todos los medios exorcizar la pérdida del hijo, sublimar el dolor y desea hacerlo junto a su esposa, quien ya no le encuentra sentido alguno a la vida sin su hijo y reniega de quien ha estado a su lado quince años, y precisamente, desde su pesimismo, le repugna el espíritu redentor de su marido y le reprocha que busque en la palabra salvación y cura. En un momento dado le dice a su marido: “Un día escribirás sobre todo esto. Pondrás palabras a toda esta mierda en que nos estamos convirtiendo, y sentirás que has cumplido contigo, conmigo, con nuestro niño. Y en efecto, Antares escribirá para superar el dolor: “y se dijo -Antares- que la literatura no fuera sino otra forma de religión, otra práctica supersticiosa mediante la que se combatía a la mente con un arma fantasmagórica: la palabra”.


            Elena cree que lleva el hijo muerto en su interior, se encierra en sí misma e ignora a su cónyuge, lo que provoca la inevitable ruptura. La rebeldía metafísica de Elena, por decirlo con palabras de Albert Camus, es una respuesta desesperada a la injusticia del destino. Se niega a seguir los convencionalismos, a acatar las frases hechas por la  costumbre del optimismo práctico como “Hay que pasar página” o “hay que seguir adelante” que se prodigan tanto en los momentos de duelo. Elena blasfema sin aspavientos  contra el afecto, el amor, la belleza, el optimismo, contra la vida misma, arrastrada por un tormentoso océano de desesperación, mientras que Antares trata de preservar la cordura agarrándose a los resbaladizos asideros de la literatura. Se percibe en este relato  un estruendo de refugios desplomados, de murallas arrasadas que deja paso al rumor de la intemperie.        


El segundo fragmento, “La cicatriz”, es el más insólito y arriesgado del libro, y también el más bello y edificante. Ni más ni menos que el relato de la infancia de Jesucristo, esa etapa oscura de la vida del personaje más enigmático, controvertido e influyente de la Historia, que ocultan deliberadamente los evangelios sinópticos. En unas declaraciones a Efe, este explica que "todo nació sobre la idea de indagar, con todo respeto, en la infancia de Jesucristo. Me apasionan los libros de del Antiguo Testamento, como textos literarios son apabullantes; el Nuevo Testamento es una novela; y luego me di cuenta de que la historia necesitaba un contrapunto y de ahí la idea del matrimonio que pierde el hijo".




 En “La cicatriz, Antares, el padre doliente del primer relato, trata de proporcionarle una infancia al bíblico personaje. El pequeño Jesús va conociendo el amor, la muerte, los primeros conocimientos que le proporciona la vida, narrado todo ello con sutileza, profundidad, emotividad y una belleza prodigiosa. El autor cuenta al mismo tiempo el proceso de escritura y las ensoñaciones que le conducen a entablar conversaciones con Dios. Jesús es un niño humanizado  que crece al amparo de sus padres: María, la joven madre ingenua y bella y su compañero José, el carpintero enamorado de su mujer; y conoce el amor y la muerte cuando fallece su joven amiga, una niña romana albina. Jesús es un niño demasiado humano al que sentimos como propio, pues como observa el autor: “Todos los niños del mundo son en realidad nuestros hijos”. En este relato también está muy presente una fe inquebrantable en el lenguaje; a propósito de las primeras palabras dichas por el niño Jesús leemos:” Lo primero que nombra el hombre es aquello que lo mantiene, que lo eleva, que lo revela. Hijo del lenguaje, sin él, sin su esperanza de fraternidad, la devoradora oscuridad que lo cerca tragaría su cuerpo (…) Jesús ha hablado. Llega, pues, la voz y con ella amanece el mundo. La única aurora del hombre es el lenguaje”.


“La piel” es quizá el relato más dulce de los tres y también es el más teórico y el menos intenso, aunque transmite una atmósfera de nostalgia y desasosiego. La prosa es más transparente y suave, pero pierde fluidez y densidad. Una mujer, soltera y sin compromiso, al conocer su embarazo viaja a la isla de Creta para encontrarse a sí misma. Y se encuentra con un hombre mayor, Antares –el padre del primer relato y el narrador del segundo-,  que vive su duelo aislado del mundo. De esta manera descubriremos la relación entre las tres partes del libro. Con una elegancia extraordinaria, el narrador, funde el pasado, el presente y lo que ha de venir. Este relato cierra el círculo del libro. Al final todo cobra sentido y la heterogeneidad de los tres relatos deviene en unidad. La vida es un don que siempre se abre camino en la más terrible de las catástrofes.


En conclusión, Niños del tiempo es una novela triste, perturbadora en su primer relato, que va hacia la luz en el segundo hasta colmarse de luminosidad en el tercero y último, donde encontramos si no una solución a la tristeza, la incertidumbre y el extravío, sí al menos un resplandor auroral, el anuncio de una posibilidad de salvación.




*NIÑOS EN EL TIEMPO,  Ricardo Menéndez Salmón, editorial Seix-Barral, 2014




José Luis Zerón Huguet


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